El vuelo de la avutarda

 

19.6.06

La otra vida

Mientras en los quioscos resuena el sí de unos pocos, en la otra Catalunya, la de verdad, la de la calle, la vida continúa. En plena plaza Orfila de Barcelona, frente a la Sede del Distrito de Sant Andreu, un camionero se excusa ante unos agentes de la Guàrdia Urbana que se han apeado de sus bicicletas para instarlo a dejar libre la acera. El hombre ha estacionado el camión junto a una valla de obras del metro, y argumenta con razón que su vehículo no molesta en medio de una enorme plaza peatonal. Con más razón todavía sigue explicando que no puede ir acarreando materiales de construcción a mano. Uno de los agentes le pregunta si acaso no lleva algún tipo de carretilla para trasladar los materiales que transporta en el camión. Abandono el lugar para no incurrir en una falta de respeto hacia la autoridad, convencido de que ese agente jamás ha doblado el espinazo más allá de los pinitos que haya hecho en el gimnasio de turno.

Por la calle del antiguo Ayuntamiento de Sant Andreu, a la altura del local de un zapatero remendón, detengo mis pasos. El zapatero charla con un cliente. Están poniendo a parir a las inmobiliarias. Por curiosidad, echo un vistazo a un escaparate cercano: a millón el metro cuadrado (seis mil euros al cambio). Y aun así, se escandalizan los improvisados contertulios, los pisos de la zona se están vendiendo con notoria celeridad. Mientras sigo caminando y anotando mis impresiones, descubro con fastidio que me falla la tinta. Entro en un estanco y pido un bolígrafo. En mis tiempos mozos, un Bic me costaba treinta pesetas. Ahora son treinta céntimos, el equivalente a unas cincuenta de las antiguas. El cambio de la peseta al euro sigue causando estragos en todas partes menos en las nóminas.

Vuelvo a la plaza donde todavía se encuentra el camión. El transportista y el sentido común han ganado la partida a la rigidez de la norma mal aplicada. Suele pasar. Continúo por la calle Segadors pensando en las connotaciones del nombre de esa vía. Bajo por la calle Cinca hasta doblar la esquina de Joan Torras. Allí, una chica de rasgos asiáticos friega el portal de su tienda. Vende calzado. Los zapatos, a 17 euros. Las zapatillas de deporte, a 19. Con esos precios, dudo que el remendón de unas calles más arriba tenga excesivo trabajo en el futuro, así que más le vale practicar la tertulia y presentarse a un cásting para el reality de turno, aunque el hombre ronde ya la cincuentena. Mientras pienso esto, Montse le explica a un amiga su problema: su hijo Nil ya tiene tres meses. Ella volverá al trabajo en breve y no ha logrado encontrar plaza en ninguna guardería para dejar al bebé, que juguetea con su chupete. No sabe qué hará con él.

Mientras me imbuyo de todos estos aromas como un candidato en el mercado, los políticos no se han recuperado de la resaca. Ellos han librado su particular batalla mientras los demás, en vistas del éxito, libran la suya propia. Es el divorcio entre la vida política y la vida real. Bien mirado, las exigencias del guardia que no sabe lo que pesa el material de obra son una clara metáfora de la desconexión entre gobernantes y gobernados.

 

El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
Un intento de blog mantenido por Josep Camós
IBSN 0-000-1010-00


Website Powered by Blogger Trackback by HaloScan.com Creative Commons License Caja negra Valid XHTML 1.0 Transitional