El vuelo de la avutarda

 

23.2.06

¿Quieto todo el mundo?

23F. Imagen: EFENo soy amigo de vivir mirando hacia el pasado. Lo justo para no olvidar. Lo justo para sacar algunas conclusiones. Como tantas personas, conservo en la memoria varias imágenes del 23 de febrero de 1981, cuando el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero, condenado por haber planeado un golpe militar ya en 1978 junto al capitán Sáenz de Ynestrillas, decidió que "en el proyecto de Constitución hay demasiadas banderas haciendo sombra a la única y en este proyecto no van incluidos algunos valores por los que creemos vale la pena arriesgar nuestras vidas; en él no están nuestros muertos", tal como había expresado al Rey días antes de asaltar el Congreso de los Diputados para darle una coartada al ejército, que se vería en la obligación de tomar el gobierno ante el vacío de poder.

Visto en la distancia, el asunto no deja de tener su gracia macabra. Buena parte de los mandos militares estaban verdaderamente preocupados con el cariz que estaba tomando ese invento denominado democracia. Los comunistas, los socialistas y los regionalistas ocupaban escaños en el parlamento español. La unidad de la patria estaba en peligro, y los militares eran los únicos que creían sabían cómo resolver el apocalipsis que se había ido gestando en España por culpa de un Adolfo Suárez que se les antojaba bobo e incompetente hasta la saciedad. Se las ingeniaron para procurarse una razón para intervenir ante un vacío de poder provocado por ellos mismos, lo cual no deja de ser un maquiavélico ejercicio de cinismo.

Lo divertido del caso fue cuando el General Alfonso Armada llegó al Congreso con una lista en el bolsillo para formar un gobierno de concentración que garantizara la transición hacia un nuevo ejecutivo. Cuando Tejero vio la lista, compuesta entre otros por Felipe González y Jordi Solé Tura, el golpe de estado pasó a ser una opereta de guardias haciendo el indio con ametralladoras en la mano. Armada niega la existencia de tal lista, a pesar de que numerosos testigos afirman haberla visto. A todas estas, Milans del Bosch sacaba a pasear los tanques por Valencia, mientras el general Juste se plantaba en Madrid hasta que el Rey no le ordenara levantarse en armas. Y como al tirar la moneda salió cruz, el golpe no triunfó. Tejero, Armada, Milans y el resto de golpistas, cegados por la rojigualda, olvidaron que esto es España, y que aquí lo difícil es pactar algo y mantener el acuerdo.

El 23 de febrero de 1981 se retrataron muchas personas. Sabemos que hubo un periodista capaz de radiar lo que ocurría, un gráfico capaz de obtener la célebre imagen que acompaña este texto, un diputado capaz de encararse con los golpistas. Por otra parte, entendimos que cuando los inmovilistas dicen "quieto todo el mundo" pretenden eso mismo, que nadie se mueva si no es al son que ellos marcan. Observamos que la diversidad cultural e ideológica les altera el ánimo, que entienden la existencia de personas de primera y segunda clase, que unos muertos importan más que otros. Pero vimos también que ni siquiera unos seres tan propicios a obedecer a un pensamiento único son capaces de operar de forma coordinada en el momento clave. Al menos entonces.

 

3 comentarios:

Blogger Sergio dijo (23/2/06 11:07):  

Vaya... No sabría hacer una crónica al respecto: sólo sé que antes se recordaba este día como algo histórico, un día de pánico para la sociedad española y ahora se recuerda como una chapuza-payasada de dos guardiaciviles locos...



Blogger Villaykorte dijo (23/2/06 13:55):  

He oído esta mañana una anécdota que no conocía. Bono acompañado por un guardia civil va hasta su despacho para coger tabaco. El guarda civil le pregunta si puede llamar a su casa (Bono debió pensar tú tienes la metralleta), el caso es que el picoleto conecta con su casa y le dice a su mujer María, estoy aquí, en la Moncloa.
De Gila.



Blogger Josep dijo (23/2/06 14:37):  

Bueno, no es cuestión de remover el pasado, pero en cualquier caso tengo claro que un par de locos no montan el sarao de aquel día. Lo que sí merece recordar es que la resolución del conflicto fue de boina y pandereta, con un general Armada que no acababa de llegar nunca a la Zarzuela (quizá debería haber pedido llamar por teléfono como el picoleto de Bono) y unos guardiaciviles que se olían que la habían cagado y que era mejor saltar por la ventana.

Mientras, me quedo con el testimonio de un soldado que estaba haciendo la mili, se lo llevaron de maniobras a la Carrera de San Jerónimo, y a la mañana siguiente, cuando salieron todos del Congreso, tuvo que escuchar cómo un diputado le espetaba a la cara un colérico "hijo de puta". El pobre chaval estuvo a punto de echarse a llorar.

Lo que me ¿preocupa?, ¿entristece?, ¿indigna? es que hoy en día haya personas utilizando los mismos tics que emplearon en su día los golpistas: ese cinismo de encender cerillas en el bosque para luego decir que lamentablemente ha habido un incendio que nadie ha sabido controlar, ese creerse el único capacitado para resolver los problemas, y luego el hit de hace ya 25 años: "Se nos rompió la patria de tanto usarla". Joder, qué rotura más larga, ¿no? Veinticinco años de debilidad política, fractura territorial y otros grandes desastres. Eso acaba con cualquiera. ¿Será que estamos hechos de hierro?

Todo este recurso a los argumentos clásicos sí que es de Gila. Y de Mihura. Y de Jardiel Poncela. Esta misma mañana, el ultraderechista Alberto Royuela declaraba en TV3 poco más o menos que, a consecuencia del fracaso del 23F, la situación actual de España es tan deplorable y apocalíptica como la que se vivía en 1981. Será que nos va el mambo. ¿O será que no existe tal mambo?



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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