El vuelo de la avutarda

 

19.1.06

'Papeles' y cartas de amor

El último capítulo de la imbecilidad humana mezclada con la algarabía alentada desde ciertos púlpitos de nuestro país tiene como escenario Salamanca. Y no ha sido porque la ciudad castellana albergue no ya la primera universidad de España y cuarta de Europa, sino la única del Reino de León, fundada allá por 1218. De hecho, en esta historia poco tiene que ver la Cultura y mucho el pastoreo de masas. Por una y otra parte. Porque cuando desde Catalunya se reclama que vuelvan los papeles de Salamanca, y desde Castilla se niega el cumplimiento de la Ley, habría que ver en cada caso quién está hablando, de qué está hablando, cuándo y por qué. Como entiendo que lo sencillo para algunas personas es proferir soflamas ignorando los hechos, me he provisto de una buena dosis de paciencia antes de ojear algunas informaciones para acabar exponiendo y concluyendo lo que sigue.

Tras la extinción por causas naturales del régimen anterior, y tras las posteriores trifulcas políticas entre el inmovilismo y la evolución, una de las primeras reclamaciones de la restituida Generalitat de Catalunya, allá por 1980, fue la devolución de sus documentos, confiscados por las tropas de Franco en 1939 y trasladados por vía férrea de Barcelona a Salamanca para su examen a fin de obtener datos que permitieran represaliar al mayor número posible de rojos, comunistas y separatistas que, como se sabe, eran el mal a exterminar por el glorioso aparato gobernado por el Caudillo elegido por la Gracia de Dios. De los documentos trasladados, una buena parte se perdió (léase "el bando vencedor los destruyó deliberadamente"); otra se almacenó de cualquier forma tras un somero repaso a la búsqueda de nombres y direcciones con que comprometer, juzgar y condenar; y ese fue el único modo de catalogar la información allí contenida. Más allá de 1948 no se inventarió nada, de modo que esta parte del Archivo de Salamanca quedó desatendida.

Cuando la Generalitat catalana reclamó sus papeles, se le respondió que el desorden existente en el Archivo impedía cualquier salida de material. Se destinó entonces un equipo de archiveros para poner a punto el fondo documental, catalogando y haciendo una copia de cada hoja para que la información quedara convenientemente duplicada en el Archivo de Salamanca. Y entonces saltó la sorpresa: allí, además de los papeles oficiales del gobierno catalán, había montones de efectos personales sustraídos a personas en sus casas, en las cárceles, en los campos de concentración. Había cartas, fotografías, dietarios. La restauración de la documentación expoliada ya no era sólo una cuestión política. Se convertía también en una cuestión privada. Y si la gente se apuntaba a pedir sus documentos, la reclamación de la Generalitat no quedaría aislada como un juego político sin calado en la sociedad.

En el año 2002, varias personas constituyeron la Comissió de la Dignitat, una plataforma dedicada a reiterar la petición de devolución de los documentos confiscados. Contaron con la base de las orientaciones de la Unesco en materia de documentación desplazada en tiempos de guerra. Contaron con el apoyo de destacadas personalidades del mundo académico como Noam Chomsky, Francesco Cossiga o Federico Mayor Zaragoza, entre otros. Y contaron, por fin, con el apoyo de personas que, inteligentemente guiadas, decidieron libremente implicarse en la recuperación de un patrimonio que, en ocasiones, desconocían tener a casi 900 km de casa.

Y en Salamanca, el interés por los papeles de Catalunya sentó como un tiro. Primero, a los gobernantes salmantinos del PSOE. Más tarde, a los gobernantes salmantinos del PP. Luego, a la población salmantina en peso, que entonó el conocido cántico de la desmembración de España por unos legajos que, al fin y al cabo, sólo constituían el 2% del contenido del Archivo y se reclamaban desde otro punto del país. Y los personajes más toscos de la clase política se dedicaron a cercar el Archivo de Salamanca con vallas para impedir la salida de los legajos, instando a la policía municipal a impedir el acceso de vehículos al edificio e incluso el traslado a mano de los papeles. Mientras, los más refinados defensores de la Unidad del Archivo adujeron un curioso razonamiento: los museos están llenos de material confiscado. Como si esa verdad, aplicable a tantos expolios perpetrados a lo largo de la Historia, fuera una realidad deseable.

En principio, yo entiendo que los papeles de la Generalitat de Catalunya no dejan de ser legajos oficiales de la época y, por tanto, reemplazables en los archivos del gobierno catalán simplemente con una copia del original. Aunque comprendo el empeño por recuperar algo arrebatado entre disparos a una población que sufrió doblemente la represión franquista: por defender la República y por pretender ser diferentes en la España única. Con todo, mirando el asunto de forma pragmática y apartando cualquier atisbo de sentimiento, con restaurar una copia de cada hoja confiscada sería suficiente, como suficiente sería dejar una copia en el Archivo de Salamanca y devolver a la Generalitat lo que le fue sustraído a punta de cañón. Es decir, en la era digital tanto monta, monta tanto.

Por el contrario, estoy a favor de la total restitución de los documentos personales a las familias a las que les fueron arrebatados. Y en ese caso, sin que ni siquiera quede una copia pública de esa documentación. ¿O es que a alguien le interesa realmente saber que Teresa escribía cartas de amor a Alfonso en medio de los bombardeos? Máxime cuando los hijos de Teresa y Alfonso (que no tienen por qué ser familiares entre sí) viven todavía en las casas que les dejaron sus padres. A mí, si alguien me robara la cartera a golpes de culata, no me haría ni un pelo de gracia que setenta años más tarde se exhibiera, como un trofeo, en la vitrina de un museo.

Curiosamente, se resolverá antes (si el tiempo y la Autoridad competente lo permiten, como sucede en los toros) el asunto de los papeles oficiales que el de los documentos personales. Un error en la petición de devolución impide que ahora salga todo el material hacia Barcelona. Queda para más adelante la restitución de los documentos que han hecho implicarse a unos cuantos miles de ciudadanos. Y será la Generalitat de Catalunya la institución encargada de hacerlos llegar a sus destinatarios finales. Algo me dice que, sea en Salamanca o en Barcelona, Teresa y Alfonso verán publicadas sus cartas de amor a la vista de curiosos. Tanto monta, monta tanto.

 

3 comentarios:

Anonymous destino dijo (19/1/06 08:40):  

Has sido nominado para el Juego 5 hábitos (por supuesto, no es una obligación, solo una diversión) :)

Tienes que poner 5 hábitos tuyos raros como entrada en tu Blog, y luego elegir a otros 5 para que hagan lo mismo, dejandoles un comentario en su BLOG.

Un abrazo :)

En cuanto al tema de los Documentos del Archivo de Salamanca, pues me parece lamentable la actitud del alcalde, ganas que tiene la gente de tocar los webos oiga, ACASO NO ES UNA LEY QUE HAY QUE ACATAR, y no solo eso, sino que por mas que patalee, chille, se los van a llevar, así que ¿mejor dejarse de idioteces no?. :)



Anonymous Ali dijo (19/1/06 08:52):  

Los documentalistas sufrimos del Diógenes con bastante frecuencia ;-)

Has tocado un tema interesante. Entre legajos anda el juego. Se encargó un estudio a unos expertos que dieron su opinión sobre el asunto, ¿no? Si esos "papeles" pertenecieron a otras personas y fueron arrebatados y se ha dictaminado que deben volver a su lugar de origen, se hace una copia para Salamanca y punto. Tanto lío, tanta historia, tanta indignación, hombre, por dios.

I'll be back. Me ha gustado mucho tu space.



Anonymous RubenBCN dijo (19/1/06 11:26):  

Afortunadamente todo llegó a buen puerto, aunque se hayan llevado los papeles en un carrito de la compra...



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