El vuelo de la avutarda

 

1.1.06

Juguetes de importación

Sabedores de que pronto volveremos a estar volcados en asuntos de puericultura, decidimos darnos un último capricho antes de acabar el año. Nos embarcamos en una de esas cenas en las que uno, viendo al resto de comensales, no sabe si está celebrando el haber llegado sano y salvo a un nuevo cambio de almanaque, o simplemente está presenciando una reunión de pequeños empresarios venidos a más. Tras el aperitivo, donde se evidenció que la cantidad de canapés devorados por un comensal es desmesuradamente proporcional a la eslora del mercedes que ha malaparcado en el exterior del local, nos hicieron pasar a un salón donde nos aguardaba una pequeña sorpresa que afianzó mi percepción de que aquello no era una cena de fin de año, sino toda una cena de empresa, y las mesas, la creación perfecta de un endiablado equipo de marketing dispuesto a forzar las relaciones entre los asistentes.

Nada de celebrar en familia esa primera nochevieja de nuestra hija, después de varios años en que la chiquilla ha ido a dormir a una hora prudente, como si nada ocurriera a las doce de la noche. Nuestros compañeros de mesa durante esa noche serían dos parejas con sus respectivas niñas. Todo un equipo de trabajo para hacer de nuestra velada una noche compartida. Nos adaptamos rápidamente, convencidos de que tampoco podía ser tan mala idea. Nos presentamos uno a uno, más que nada para saber con quién compartiríamos las siguientes horas, los siguientes brindis, los siguientes deseos de felicidad para el nuevo año, como si nos conociésemos de toda la vida. Y tampoco nos equivocábamos tanto, porque había sentadas a la mesa tres personas de las que sabríamos mucho a partir de entonces.

Una de las niñas destacaba del trío accidental. Sus rasgos asiáticos dulcificaban sus continuas trastadas. Quitaba los lazos que ornaban las sillas, volcaba copas sobre la mesa, amenazaba constantemente a propios y extraños con unos dedos recubiertos de una sustancia que en algún momento fue chocolate. Y todo ante la impasividad de sus acompañantes, madre y abuela, que estaban demasiado ocupadas mostrándose tal como eran como para reparar en los menesteres que mantenían a la niña atareada y, lo más importante, alejada de sus sillas. Las dos féminas nos enamoraron desde el primer momento. Lejos de mostrar las asiáticas facciones de su retoño, la abuela parecía prima hermana de Teresa Rivero, mientras que la madre bien podía competir en el Hipódromo de la Zarzuela, y no en calidad de jinete precisamente. Nos pusieron al día de todos los pormenores concernientes al establecimiento donde nos hallábamos (un balneario inaugurado en 1881 para gloria de la alta burguesía catalana que a pesar de los años ha conservado un cierto prestigio aunque la competencia de nueva factura le haya presentado batalla con amenazante eficacia), que conocían sobradamente por visitarlo "no muy frecuentemente: tres o cuatro veces al año".

Mientras declamaban, abuela y madre mantenían una desaforada competición de llamadas y mensajes que las conectaban con todos los puntos del planeta, destacando una emocionante conversación con unos amigos bonaerenses que casi me hizo saltar las lágrimas de emoción. Como soy como soy, a punto estuve de sacar mi móvil y llamar a mi hermano al grito de "Fefo, cariño, ¿te has acordado de amarrar convenientemente el yate antes de instar a ese inepto de Sebastián a que encere el Jaguar?", pero la prudencia me pudo y lo dejé estar. Más que nada porque aquellas buenas mujeres ya habían encontrado una utilidad a mi familia: la pequeña chinita se estampaba continuamente contra mí, para horror de mi traje; mientras, mi hija intentaba hacer entrar en razón a la chiquilla para que abandonara su actitud guerrillera, y cada vez que la cría se caía al suelo era mi mujer quien la consolaba hasta que su madre económica colgaba el teléfono con fastidio para hacerse cargo de su niña de importación. Salvando las distancias, era como ver a ese perrito comprado por Navidad y aparcado en el balcón para que no moleste a sus nuevos dueños.

Lástima de criatura. A sus dos añitos no es culpable ni responsable de lo que le sucede. Y lástima de todos los que la sufrirán a lo largo de su vida. "Feliz Año Nuevo", exclamamos con forzada sonrisa al acabar las campanadas. Para la abuela y la madre de aquella niña, nada cambiará con la entrada del nuevo año. Para la chiquilla, sí. Pronto sabrá que sus trastadas pueden ser más divertidas si las atribuye a los miembros del servicio. Y sus parientes postizos le seguirán riendo las gracias entre llamada y llamada. Para algo es su juguete.

 

3 comentarios:

Anonymous Su dijo (2/1/06 21:56):  

No hace falta que los hijos sean de importación (como tu dices) sino que ultimamente parece que los niños en general se comportan como les da la gana sin normas que los sujeten. Esa imágen que describes la veo todos los días y siempre me hacen reflexionar en la educación que me dieron mis padres que sin ser excesivamente estricta, me enseñaron a comportarme.
Por cierto que lo de los móviles a diestro y siniestro también pasó en mi casa. Me imagino en un futuro con las videollamadas en el televisor todas las ramas de la familia compartiendo las campanadas al mismo tiempo y felicitando el año.... El año que viene me voy a cuba!!! jeje
Por cierto, que bien te lo montas!!



Anonymous Su dijo (2/1/06 21:57):  

Ah!! Feliz año nuevo. Besos



Blogger Josep dijo (2/1/06 23:16):  

Se hace lo que se puede. Total, vamos a acabar igual en el cortijo de los callaos...



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