El vuelo de la avutarda

 

23.1.06

Derbi

Dice el refrán algo así como que la hierba siempre crece más verde en el jardín del vecino. Y es que antes destacamos las virtudes de lo ajeno que los méritos de lo que nos es propio. El caso es que, paseando por esa Madrid que fritos tiene a los madrileños entre zanja, colapso y manifestación, aparecen ante mí algunos de los extraños encantos que me llevan a recorrer el centro de aquella villa siempre que puedo. Y quizá sea esa la palabra que mejor aglutina las razones de mi reiterado peregrinaje por aquellas tierras. Esa palabra que ha pasado por el texto con el mismo disimulo con que se muestra, a veces casi imperceptible, en cada una de las callejuelas de su centro: a los ojos del visitante, Madrid, con sus más de tres millones de habitantes, sigue siendo una villa. Y sin reparos ni complejos.

Ya que viajo allí con el referente barcelonés esculpido en la retina, me es imposible no encontrar paralelismos y establecer comparaciones entre detalles; comparaciones que no siempre resultan odiosas, sino a menudo ilustrativas. Porque, ¿cómo, si no a través de la diferencia, podría yo explicar los puntos que me llaman la atención cuando recorro los rincones de la Villa? Deambulando por Madrid encuentro escritas palabras como “lanería” y “sedería”, tiendas rotuladas con el nombre de “Novedades” que venden como la que más, incluso un despacho bautizado con un nombre como “Asesoría El Defensor”, que me resulta tan carpetovetónico que si alguien me hubiera hablado de tal establecimiento yo lo habría situado en una viñeta de Mortadelo y Filemón. Y releo esta frase y me doy cuenta de que nada ilustra si no se conoce, también, mi perspectiva.

Limpiabotas en la Puerta del Sol

A riesgo de ser contradicho por otros conocedores de la ciudad a la que me toca desdeñar por el principio de la hierba del vecino, me atrevo a sugerir que Barcelona es una ciudad vendida al diseño y al voraz consumo compulsivo en todas sus facetas. La quintaesencia del kleenex arquitectónico, urbanístico y comercial. En lo arquitectónico y urbanístico, es la ciudad que ni vive ni deja vivir, empeñada en renovarse antes de haber llegado a adulta, empecinada en parecerse a los demás antes de saber cómo es en realidad, porque cada día que pasa muestra una cara más estirada por los continuos liftings a que se ve sometida para acabar pareciéndose al mejor de los escaparates, pero no a una ciudad real. En lo comercial, es una gigantesca franquicia estructurada en megalíticos centros comerciales sin vinculación con el pasado ni preocupación por el futuro de los establecimientos que los integran.

Visto así, y retomando la línea de la ejemplificación en lo comercial, a casi nadie se le ocurre ya establecer en Barcelona una bocadillería que no esté adscrita a una de las dos grandes cadenas de franquicias que, en realidad, preparan los pepitos con el mismo par de manos puesto que pertenecen a una misma familia. No creo que nadie interesado en vender perfumes abra una tienda sin hablar primero con alguna cadena del sector, ya sea andorrana, catalana o francesa de las que operan en renminbi y no en euros. De hecho, el gran comercio de masas apenas existe en la capital catalana si no es a lo largo de sus lineales ejes históricos o bien resguardado en los centros comerciales que han crecido en el interior de la ciudad ocupando muy oportunamente antiguas zonas de chabolas y enormes terrenos de fábricas desterradas fuera de la urbe cuando no deslocalizadas. Y en estos centros alternan las franquicias con los escaparates emborronados en blanco y decorados con un DIN A4 que dice “Cerrado por reformas” donde antes hubo un intento de tienda a la antigua usanza establecida en lo que podría haber sido un entorno propicio para la venta; un entorno nuevo y resplandeciente, siendo la novedad y el resplandor las claves para vender en Barcelona. “Es que Madrid también tiene tiendas franquiciadas”, oigo decir. Sí, y la clave de esa observación está en el único adverbio que contiene. Que no digo yo que en Barcelona sea imposible comprar en “Novedades Manolita” fuera de la calle de Sants o el barrio de Sant Andreu. Me refiero al tono general de las cosas, a ese todo de donde salen estos simples ejemplos referidos al comercio.

Imagino que los términos que mejor me ayudarán a explicarme son “atomización” y “conservación”. Barcelona funciona por zonas dentro de cada distrito. De igual forma que los comercios se agolpan en determinadas calles o centros comerciales, para alegría de quienes ganan por alquilar sus caros locales, sucede que las calles también se estructuran por grupos. Y no estoy hablando de barrios enteros, que las distinciones por barrios suceden en todas partes. Dentro del Eixample, no son igual de Eixample Balmes, Passeig de Gràcia y Roger de Flor que Padilla o Viladomat. La diferencia que he observado entre Madrid y Barcelona en este sentido apunta a la atomización de las cosas en la Villa. Porque, como en toda villa, como en todo pequeño pueblo, resulta difícil segregar al paisano incómodo, de manera que resulta relativamente fácil asumir que vive al lado de casa.

En Madrid, las calles de Preciados, Carmen y Montera van a parar de (prácticamente) un mismo lugar a un mismo sitio, pero de distinta forma. Y son calles igualmente accesibles, aunque las dos primeras transporten ríos de peatones y la última lleve consigo un estrecho arroyuelo de tráfico rodado a cámara lenta entre personas detenidas en las aceras para comerciar con asuntos de la carne. Alguien me dirá que lo mismo pasa en Barcelona, cuando se pretende ir de Universitat a las Ramblas por Pelayo o por Tallers. Pero es que Tallers queda más escondida que su paralela. Es que a los barceloneses nos va el diseño y la imagen, y por ese motivo decidimos que lo feo no debería existir, y si tiene que existir, mejor que sea escondido de la mirada de nuestros visitantes, no vaya a ser que se lleven un disgusto cuando vean lo que tenemos en nuestra ciudad, que debería ser la capital del mundo si hubiera Justicia divina.

Los edificios del centro de Madrid son como las farmacias de la zona: regios, que diría un argentino. Si bien es cierto que gran parte de las edificaciones se han conservado por ser sede de los organismos propios de una capital estatal duramente centralista hasta hace cuatro días, no menos cierto es que la iniciativa privada que en Barcelona hizo florecer la mayoría de los edificios soberbios de la ciudad jamás contó con el apoyo necesario para conservar sus obras, ni siquiera para evitar la especulación que ha propiciado que algunos edificios se echen al suelo para construir diez en el espacio de dos. Ocurrió en el pasado, y ocurre en el presente. El colmo del descuido en la conservación es que la misma obra pública, construida recientemente por los organismos actuales, se caiga a pedazos por falta de un mínimo cuidado.

En Madrid hay mucha obra abierta, es cierto. Pero los resultados son acumulativos, no alternativos. El metro llega a cualquier callejón madrileño, por angosto que este sea. Resulta que el truco estaba en hacer los vagones estrechos, aunque no se pueda bailar un vals vienés en ellos. En Barcelona, una vez en la vida se escarba un poco en un trozo de montaña para ampliar ridículamente una línea y de repente se hunde el mundo para mil familias. Y las obras se paralizan, no vaya a ser que algún día acaben y la gente se dé cuenta de que se ha levantado una enorme polvareda para obtener un resultado más que discreto. Mientras, se capea el temporal de no tener metro en una de las principales vías de la ciudad instalando un tranvía que lo único que hace es quitar espacio de forma permanente al resto de usuarios del suelo público. Eso sí: es muy bonito verlo pasar.

Pero la diferencia va más allá de lo arquitectónico, lo urbanístico y lo comercial. Hay algo más. Barcelona se cree cosmopolita. Madrid lo es. Y no sé si eso es bueno o malo, pero es así.

 

2 comentarios:

Anonymous Ali dijo (24/1/06 16:35):  

Gracias, Josep. Gracias porque a veces me olvido de que Madrid tiene cosas buenas y cuando alguien viene a visitar mi ciudad es cuando lo recuerdo, por medio de sus ojos y boca.

Las comparaciones son inevitables. Pasé las navidades en Barcelona y no paré de hacer comparaciones. Por cierto, salís ganando en casi todas :-P

Un beso y celebro que no hayas caído en ninguna zanja.



Blogger Josep dijo (24/1/06 17:40):  

Je, je. A punto estuve de escoromoñarme en el cruce de Narváez con Ibiza. ¿O fue al cruzar O'Donell? No sé. El caso es que a punto estuve de buscar al corsario que escondió el tesoro para llevarlo a declarar ante el niño Albertito, a ver si deja de jugar a escarbar por los rincones, que ya está bien la broma ;-)

P.D.: Mientras luego no resulte que la gente se engancha en el suelo de las estaciones de metro ampliadas, como le sucedía a las ruedas del flamante tranvía de Barcelona a los dos días de ponerlo en marcha...



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