El vuelo de la avutarda

 

11.1.06

Agresiones a punta de navaja

Mi orejaUna vez, tendría yo unos once años, el ayudante del barbero al que acudía habitualmente, a la sazón hijo del dueño del establecimiento, me cortó accidentalmente la oreja. No fue un sacrificio a lo Vincent Van Gogh, sino un inusitado despiste del aprendiz de cortapelos que me llevó a maldecir medio santoral mientras me preocupaba haber contraído alguna enfermedad contagiosa, que la clientela del local se componía de la flor y nata de la periferia barcelonesa de los años ochenta y nadie me garantizaba la completa higiene del instrumental allí empleado, más bien al contrario. En realidad, el atolondrado hijo del barbero apenas me hizo nada, como puede no apreciarse en la foto que ilustra (es un decir) esta entrada, pero el susto me lo llevé.

Total, que hoy leo que hay gente que lo pasa peor en la peluquería. Bruno, un bonaerense de cinco años, murió de un infarto mientras le cortaban el pelo. Era un pequeño perro maltés que no soportó el trance por el que le hicieron pasar. Yo no sé si le pasó como a los niños que temen que el corte de cabello les duela y se echan a llorar por si acaso, o bien le sucedió simplemente que se vio a sí mismo como un perro indefenso ante un señor rarísimo ataviado con bata blanca que se emperraba en alzar unas tijeras y una navaja a la vez que agarraba al animal para que se estuviera quieto. Han pasado más de veinte años y todavía me toco la oreja. Si a mí me trataran como a Bruno, también me daría algo. En cualquier caso, el peluquero ha sido demandado. El Código Penal argentino prevé una pena de entre 15 días y un año de prisión para aquel que "destruyere, inutilizare o hiciere desaparecer de cualquier modo cosa mueble, inmueble o animal ajeno". Me pregunto qué hubiera ocurrido de ser el perro propiedad del peluquero. También me pregunto si nuestro código recoge penas para condenar supuestos semejantes que puedan suceder en nuestro territorio, no porque quiera yo presentar cargos ya prescritos contra el agresor de mi oreja, sino porque, de no existir en España castigo alguno para estos casos, ya me veo venir una invasión de barberos argentinos, prestos a añadirse al ya existente gremio de dentistas y psiquiatras exiliados de la tierra del tango. ¡Ay , mi oreja!

 

2 comentarios:

Anonymous due dijo (13/1/06 20:12):  

Pues yo de niña, me partí el labio con la cama de hierro de mi abuela, y aún llevo la marca...
Ains..
Dura que es la infancia...

Y aprovecho para decirte amigo Josep, que no nos vienes a ver y que se hecha de menos tu ironía en mi space...

Dicho queda!



Blogger Josep dijo (13/1/06 22:16):  

Tengo un poco de bollo estos días, así que no puedo deambular demasiado por estos blogs de Dios. De todas maneras, los voy visitando cada varios días aunque no deje comentarios.



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
Un intento de blog mantenido por Josep Camós
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