El vuelo de la avutarda

 

24.12.05

Cuento de Navidad

Tres muñecos trepan por la fachada de un edificio de viviendas. Feliz Navidad

Martina salió apresuradamente de su habitación hacia las siete de la mañana. De pie, resoplando emocionada junto a la puerta que daba a la calle, observó el árbol con detenimiento. No había nada bajo su copa. ¡Qué raro! Era Navidad y, sin embargo, no había ni rastro de un solo regalo bajo el árbol. Llevaba meses acabándose todos los platos que le plantaba su madre sobre la mesa, portándose como exigía su padre, lavándose los dientes sin rechistar, yendo a dormir antes incluso de que nadie se lo ordenase, ¡teniendo ordenada su habitación! Y el trabajo realizado no había dado ni un solo fruto. Martina experimentó aquella mañana el significado de la palabra decepción. ¿Cómo había podido ocurrir?

Por un momento, Martina sonrió. Ya lo entendía. Aquel año Papá Noel había dejado a sus elfos jugando por la casa. Ya se sabe que son muy traviesos, así que a buen seguro los pequeños ayudantes del viejo y mágico hombre del Polo Norte habrían ido dejando los regalos en los lugares más insospechados. Martina se adentró en el comedor. Nada a simple vista. Se encogió de hombros y decidió jugar al escondite con los regalos que los elfos le habían escondido. Revisó los asientos de cada una de las sillas. Se puso de puntillas para atisbar toda la superficie de la mesa. Se lanzó sobre el sofá y comenzó a tirar cojines por el suelo. Nada. No había nada. Desesperada y con la expectativa de una Navidad sin regalos, Martina comenzó a llorar.

En la cama, los padres de Martina descansaban. Había sido una noche muy dura. Tras acabar de decidir cómo dejarían todos aquellos paquetes bajo el árbol, habían tenido la ocurrencia de montar algunos de los regalos, para que Martina tuviera una sorpresa aún mayor. Que no era igual descubrir la caja de una bicicleta que la bicicleta en sí, aguardando flamante y desafiante a que la sacaran de paseo. No le sería lo mismo encontrar la caja del cochecito de muñecas que el cochecito adornado con un enorme lazo y arropando a un nuevo muñequito. Le gustaría mucho más dar con un coche de pedales dispuesto para la carrera que no con una enorme caja blanca con una foto enganchada de cualquier forma, por mucho que el niño de la foto se lo pasara de miedo sentado al volante.

Así que los padres de Martina pasaron muchas horas montando aquellos artefactos. Al principio, tonteaban con las piezas, haciéndose pasar por niños que disfrutaran con el juguete imaginario. Más tarde se dejaron de juegos. Se estaba haciendo tarde. Las instrucciones habían sido redactadas en chino y traducidas con mucha intención pero poco conocimiento, así que resultaban jeroglíficas. Se miraban con impotencia. Acostumbrados a resolver situaciones muy complejas en sus puestos de trabajo, eran incapaces de montar unos simples trastos de plástico. Se armaron de paciencia y decidieron que la industria juguetera asiática no podría con ellos. Pasadas unas horas, lo tenían todo bajo control. Pero era muy tarde. Llegaron a la habitación extenuados y se dejaron caer sobre la cama. Por la mañana les despertaría una Martina exultante y podrían estrenar por fin la tele nueva conectada al nuevo equipo de vídeo digital. Sería una Navidad maravillosa, pero ahora tenían que dormir.

Julio esbozó una siniestra mueca. Aquel era su año. Ya se había encaramado a tres balcones sin problema alguno. Allí andaba él, ataviado con un viejo uniforme rojo de sus tiempos como reponedor de supermercado antes de que su jefe descubriera su afición por lo ajeno. Había cosido unos vivos en blanco alrededor de todo el uniforme, se había hecho con un estrafalario gorro de dormir que guardaba su madre en el armario y le había pegado una borla blanca. Cuando se vio ante el espejo por primera vez con el atuendo, sonrió. Daba el pego. Nadie sospecharía nada. La moda de colgar muñecos imitando a Papá Noel le había revelado la forma de hacerse con el mejor botín de todos los tiempos sin levantar sospechas.

(Breve relato de ficción inspirado por un comentario de mi mujer)

 

7 comentarios:

Blogger Adrián dijo (24/12/05 23:37):  

hmm... what a putadilla. Al principio esos papanoeles me inquietaban, pero como hoy comentaba con un amigo por la calle:

"- ¿Te has dado cuenta? En toda esta manzana no hay ni un solo Papá Noel colgando. Algo no cuadra..."
Y si, yo ya esperaba que apareciese el agente Smith y me dijese que cuando no aparecen papanoeles es que ha habido un cambio en matrix.... T_T


Felices fiestas, espero que no os pase como a los de la historia, que menuda faena... más que nada porque quita la ilusión, y a ver como le explicas tu a un niño que un Papá Noel de saldo ha decidido llevarse los regalos.

P.D.: ¡¡Gracias por la felicitación!!



Anonymous su dijo (26/12/05 20:02):  

Jamás había leído un cuento de navidad donde el "papá noel" robara los juguetes de los niños... vaya faena!! pero es cierto que nadie se fijaría en un papá noel colgado del balcón!! por cierto que hay algunos más feos....
Besiños.
PD: Por si no vuelvo. Feliz año nuevo!!!



Anonymous due dijo (27/12/05 01:26):  

Ya volví de mis añorada tierra, pero necesito algo más de tiempo para ponerme al día con tu blog...
Te leo mañana...
Muxu mila!!



Blogger Villaykorte dijo (27/12/05 12:59):  

Lo que no sabía Julio es que unos adolescentes que estaban abajo en la calle, habían comprado en petardos.com un castillo de fuegos que ni el festival internacional de Donosti, lo demás se puede leer en las crónicas de sucesos de cualquier periódico.
Felices Fiestas.



Anonymous elena dijo (27/12/05 16:35):  

Qué estupor, pobre niña. Su escandalizada, lo compremdo.Oye, se te da bien la ficción, ¿porqué no haces más?



Anonymous due dijo (27/12/05 17:13):  

Pues nosotros tenemos en lugar de Papa Noel, el Olentzero!! Mucho más majo, menos comercial, algo más gordo (es vasco,joder...) y menos ladrón. La única pega?? que después de la cabalgata, se le quema en la plaza del pueblo, creando mil traumas infantiles... Ains.. La cultura...



Blogger Josep dijo (27/12/05 20:02):  

Amos a repartir:

Adrián: no deja de ser curioso que hayamos llegado a un punto en que lo que os llame la atención sea la ausencia de monigotes colgados por las paredes. Pa pensárselo.

Su: ¿cómo que por si no vuelves? ¿Ande vas a pasar el findeaño? ¿A Cisjordania?

Rebe: Aúpa, Patxiii. Que ya me veo el fuego del Olentzerol en medio de la plaza del pueblo: cuatrocientas hectáreas quemadas. No os vais a poner por menos, claro.


Isaac: En la actualidad, Julio se halla ingresado en la unidad de quemados del hospital municipal. Evoluciona favorablemente de sus heridas mientras una pareja de policías custodian día y noche la puerta de su habitación. Mientras tanto, los padres de Martina siguen sin comprender dónde han ido a parar los juguetes que compraron y que les tocará pagar durante la cuesta de enero, febrero, marzo y abril.

Elena: gracias muchas. Nu sé. Creo que no lo hago con soltura. Quizá por eso me resisto a lanzarme un poco más. Como le decía un año de estos a Su, hace milenios que tengo una novelucha en planteamiento, y no paso de la elaboración de fichas de personajes y escenas. Realmente, la realidad me da más alegrías a la hora de escribir que la ficción. Es más espectacular, y el sello "basado en un hecho real" eleva a esperpento lo que en ficción sería simplemente gracioso. Pero perseveraré, Elena. Al menos, lo intentaré de vez en cuando. Gracias de nuevo.



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