El vuelo de la avutarda

 

3.10.05

"La simplicidad es la forma de la verdadera grandeza" (Francisco de Santis)

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:

BarómetroHace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. La pregunta del examen decía: "Demuestre como es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro". El estudiante había escrito: "Lleva el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy larga. Descuélgalo hasta la base del edificio, marca y mide. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio".

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Pero si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar elevar el promedio de su año de estudios y así certificar su alto nivel en física aunque la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera tal nivel. Sugerí que se diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.

Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunte si deseaba marcharse, pero me contesto que tenia muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: "coge el barómetro y lánzalo al suelo desde la azotea del edificio, calcula el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio". En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.

-Bueno -respondió-, hay muchas maneras, por ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.

-Perfecto -le dije-, ¿y de otra manera?

-Sí -contestó-, este es un procedimiento muy básico para medir un edificio pero también sirve. En este método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo.

"Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro esta a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

"En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su periodo de precesión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.

En este momento de la conversación, le pregunte si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.

El estudiante era el danés Niels Henrik David Bohr, premio Nobel de Física en 1922, conocido por proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica. Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo esencial de esta historia es que le habían enseñado a pensar.


El texto, extraído en este caso de un foro de opinión, se halla colgado en diferentes páginas web, y se apunta como fuente original a una carta remitida al diario La Presse de Montréal por el Profesor Alexander Calandra de la Universidad de Washington.

 

4 comentarios:

Anonymous Adrián (03/10/2005 15:49) dijo (17/11/05 21:36):  

El estudiante tiene mérito, y hay de aquél que lo niegue... pero yo veo aún más mérito en la actuación del maestro. No es nada facil reconocer que no solo existe nuestra verdad, o nuestro método para resolver una situación. Si eso mismo lo hace ahora un alumno, el profesor le pondrá un cero como una casa en el ejercicio. El alumno intentará salirse con la suya, y sólo conseguirá que al profesor de turno se le quede 'atravesao' ese alumno 'graciosillo' que decidió responder bien sin seguir a rajatabla el libro. Bueno, quejas aparte, me gustó mucho este texto. Siempre me han gustado las anécdotas, sean de lo que sean xD.
Saludos cordiales, Adrián



Anonymous Josep (03/10/2005 17:00) dijo (17/11/05 21:36):  

Una vez más, la poliédrica manzana de Ortega se muestra en todo su esplendor. Cada cual ve su parte, y según las ganas que tengan de girar la fruta, sus miras serán más o menos amplias. Aunque el profesor que se obstine en descalificar al hipotético alumno brillante tenga la sartén por el mango, en el examen final de la vida el suspendido será el presunto maestro: el alumno habrá seguido siendo brillante y el profesor un cenutrio de cortas miras. Saludos.



Muy interesante. Lo curioso es encontrar gente dispuesta a escuchar distintos puntos de vista a un problema. La cuestión es discutir sin discutir.



Anonymous Josep (03/10/2005 19:37) dijo (17/11/05 21:38):  

Supongo, Su, que la cosa trata de la forma de ser de cada cual. Es como aquel del chiste que contaba Eugenio (espera, que me pongo en pie y mano en pecho para recordar al Maestro):
- Oiga, ¿y usted cómo ha llegado a los 120 años de edad?
- ¿Yo? Porque no me gusta discutir.
- Hombre, no será por eso.
- Bueno, pues no será por eso...

Los hay que se levantan crispados, crispan a to dios que se les acerca y se acuestan crispados. Los hay que hemos pasado por ese estadio y hemos decidido que la vida son cuatro días y un 33% de ese tiempo (teóricamente) nos lo pasamos durmiendo, uséase que, como decimos por aquí, per quatre dies que hem de viure, més val cardar y riure (para cuatro días que vamos a vivir, más vale f****r y reír).



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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