El vuelo de la avutarda

 

7.10.05

Instintos primarios

En los pueblos, donde todo se sabe y nada se oculta, donde el ritmo de la vida lo marca la rutina del duro trabajo al sol y sólo algunos hechos aislados sacan a la población de sus quehaceres diarios para regocijarse en la noticia que improvisadamente hace protagonista al individuo menos susceptible de serlo, hace muchos años un amigo de mi abuelo llamado Paco tuvo la desgracia de acertar 14 resultados de la quiniela futbolística, cuando este era un país casi analfabeto en esto de los juegos de azar y el premio, máximo en aquel entonces, equivalía al salvoconducto que permitía dejar a un lado los aperos para pasar a vivir de rentas. Paco era el referente para el pueblo. Sabía leer y escribir, y ayudaba en las cuentas a todo aquel que lo precisara. Era todo un héroe popular sin necesidad de llegar al grado del alcalde. Todos admiraban a Paco.

Digo que fue una desgracia para él acertar la quiniela porque el boleto premiado jamás apareció. El hombre hizo su apuesta pero perdió de vista el papel. Decía haberlo dejado sobre el aparato televisor (uno de los dos que había en toda la comarca), pisado con el cenicero que habitualmente coronaba el moderno artefacto catódico. Pero no apareció. Ni siquiera cuando entre muchos voluntarios del pueblo retiraron el mueble que sostenía el pesado mamotreto. Surgieron de aquella polvorienta caja de Pandora hasta las últimas voluntades de Jonás antes de ser tragado por la ballena, pero no salió la quiniela. Creo que a raíz de eso Paco se quedó calvo, no porque le invadieran los nervios y estos afectaran a la salud de su cuero cabelludo, sino por un simple sistema de autoextracción capilar manual y masiva motivado por la rabia de saberse rico sin fortuna.

Aquellas quinielas, divididas en tres porciones autocalcantes que se sellaban con un timbre alargado, tenían un apartado para dejar los datos personales. Paco nunca quiso dejar su nombre allí, porque imaginaba que si algún día tenía la suerte de dar con los resultados correctos, la radio y la televisión lo perseguirían para hacer de su suerte la comidilla de todo el país. Al conocer la desgracia de Paco, todo el pueblo estuvo de acuerdo en condenar su exceso de celo y reír su fatalidad. Desde entonces, Paco no pudo salir a la calle sin que la gente se mofara de él a su cara.

Son instintos primarios que algunos seres llevan muy arraigados. Leía ayer en El Periódico, con motivo de la vuelta de Àngels Barceló a TV3, que en Madrid difícilmente ha encontrado colegas de profesión que entiendan que un periodista pueda no ser afín a partido político alguno. Imagino que se trata de la primitiva necesidad de pertenencia a un grupo social, a una tribu, para defenderse en caso de ataque. Porque los instintos primarios son así de maniqueos, y la inseguridad lleva al etiquetado de las personas. ¿Tú quién eres, qué quieres y a qué obedeces? Déjame etiquetarte para saber a qué atenerme. No entienden estas personas que las etiquetas pueden despegarse y caerse en función de los acontecimientos, porque vivir la vida significa adaptarse continuamente al medio.

Camaleón

 

3 comentarios:

Anonymous Su (supermegahiperpesá) dijo (13/10/05 17:20):  

El lunes no hicimos la bonoloto y recibí amenazas de mi marido....: -que no se te ocurra ver los sorteos!!! que como toque te mato....
Tenía que contarselo a alguien... sniff, sniff...



Anonymous DUE907 (07/10/2005 14:24) dijo (22/11/05 03:00):  

Y además de verdad... Pero piensa que el animal al que a menos le cuesta la aceptación al medio es precisamente el ser humano.. Aunque ésto de la adaptación te lleve al Stressssssssss, al sarpullido, a la alopecia, y al consumismo desenfrenado!! Paco seguro que también llegó a adaptarse, aunque pagando un duro precio... Y lo de las etiquetas, yo llevo todos los dias una azul, que curiosamente, me ayuda a pagar menos en el desayuno!! Yo esta no me la quito!!



Anonymous Josep (07/10/2005 17:09) dijo (22/11/05 03:01):  

... pues anda que yo...



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