El vuelo de la avutarda

 

6.9.05

Historias para no dormir

A finales de septiembre de 1962, un cúmulo de lluvias de 200 l/m2 recogidos en pocas horas y copiosas nevadas que se alargaron durante más de un mes llevaron el caos a las zonas cercanas a Barcelona. El desastre fue especialmente grave en las comarcas del Vallès, que constituyen una inmensa piscina natural detrás de la sierra que bordea la costa catalana: ríos sin canalizar, desbordados y anegando completamente todas las poblaciones que el agua encontraba a su paso, y precarias infraestructuras destrozadas quedaron grabadas para siempre en la memoria de aquellos a quienes les tocó vivir semejante trance. Las bajas producidas durante aquellos días están cifradas en 617 personas, aunque algunas fuentes citan un millar. En cualquier caso, las riadas de 1962 traumatizaron de forma evidente a la sociedad catalana de la época.

Puente de Cerdanyola destruido en 1962

Hoy en día, con la eclosión demográfica de los alrededores de Barcelona, y a la vista de lo sucedido en Luisiana, no puedo evitar pensar qué ocurriría si en un mal día cayera sobre el Vallès la venganza meteorológica que azotó la zona hace más de 40 años, cuando todavía no se hablaba de efectos invernadero ni de protocolos de Kyoto. Intento imaginar la autopista AP-7, que corre por el centro de la cuenca para unir Francia con la costa levantina española, sobrepasada por las aguas e impidiendo el desalojo de la población para evitar muertes bajo el fango. Pienso en las escasas infraestructuras ferroviaras con que cuenta la zona, netamente insuficiente para la evacuación de una población que, yendo en aumento, recurre para todo al transporte privado por falta de una alternativa pública. Se me ocurre la trágica visión de mí mismo, encaramado al tejado de mi casa, pidiendo auxilio como un náufrago en medio de un archipiélago de alaridos.

Leía hoy un magnífico artículo de fondo redactado por Pedro Prieto para El Inconformista Digital, en que se comparaba la desgracia ocurrida en New Orleans con el legendario castigo impuesto a Babilonia por su falta de sensatez al edificar una alta torre que constituía un grave desafío a toda Ley. "En Babilonia -dice Prieto- llegaron a la séptima planta antes de la confusión de las lenguas. Aquí han bastado dos metros por debajo del nivel del suelo para que la mayor parte de la ciudad quede hecha pedazos". Pienso entonces en campings como el de Biescas, establecidos en cuencas fluviales, urbanizaciones edificadas sobre torrentes secos y viales construidos junto a ríos o mares, como la madrileña M-30 que cita el mismo Prieto o la Ronda Litoral de Barcelona. En silencio, me maravillo de la buena suerte que nos acompaña pese a nuestra inconsciencia generalizada a la hora de elegir el lugar donde viviremos. Antes de echarse a dormir, cualquier animal explora el territorio, lo marca y se dispone a descansar. Nosotros hemos llegado a un nivel de evolución tal que somos capaces de entramparnos de por vida por una vivienda que compramos a ciegas, sobre un plano autorizado por el concejal de urbanismo y sin saber exactamente qué secretos oculta bajo sus cimientos. Yo, por si acaso, prefiero no tener la oportunidad de conocerlos.

 

2 comentarios:

No seas agorero que mira lo que ha pasado en Barcelona estos días, quedé alucinada con la imágen de una calle en sidges (creo que fue allí) con los coches unos encima de otros.



Anonymous Josep (09/09/2005 20:42) dijo (11/11/05 15:14):  

Realmente sí, fue en Sitges. Dímelo a mí, que suelo ir a la playa de aquel pueblo, y al verlo por la tele se me cayó todo al suelo...

Lo peor del caso es que vivo realmente cerca de otro punto por donde pasó un tornado. No he tenido webs de ir a verlo. Paso. No me quiero comer la cabeza.

En fin, a todas estas... hoy ha hecho un sol de (in)justicia.



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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