El vuelo de la avutarda

 

4.9.05

Gerontofobia automovilística

No sé si soy el único al que le pasa, pero últimamente suele ocurrir que se cruza en mi camino un automóvil de gama alta, digamos un sedán o un buen deportivo descapotable, cuyo conductor se emperra en hacerme sentir como si hubiera vuelto a nacer tras cada una de sus pericias al volante. Como caso general, circulando por la autopista y a través del retrovisor diviso el vehículo, a una larga distancia que repentinamente se vuelve ínfima. Se pega a mí para que lea perfectamente su matrícula, vea cuán limpia lleva la carrocería y hasta distinga el brillo de la montura dorada de las gafas que adornan la madura tez de su amo.

Conducción intrépida

A la máxima velocidad permitida por el Código de Circulación, más un margen que me autoconcedo por razones de supervivencia, inicio la maniobra de apartarme cortésmente, a pesar de que a nuestra izquierda todavía queda un tercer carril por donde el potente vehículo podría pasarme con toda tranquilidad. Es entonces cuando el intrépido automovilista decide que hemos cambiado de país, que nos hemos teletransportado mágicamente al Reino Unido y me adelanta por la derecha como una exhalación. Se coloca ante mí quitando el polvo con la estela que desprende al faro derecho de mi atemorizado coche. Durante un instante, mientras me adelantaba, he visto el perfil de ese verdadero asesino sobre ruedas. No lo olvidaré.

Mientras recuerdo los consejos de mi difunto abuelo, que fue un gran profesional del volante y siempre me recomendó prudencia en la carretera, observo que el amo del potente vehículo ha decidido que es un buen momento para salir de la autopista, y ha cruzado de golpe el carril que ocupamos y el de nuestra derecha, para espanto del chófer del trailer que por allí transita y que ve cómo un resplandor se le cruza de izquierda a derecha sin darle tiempo ni siquiera a pisar el freno. Suena rabioso el claxon del camión, y a mí no me extraña. El vehículo ya ha desaparecido de la vía, así que el resto de conductores tenemos bula para proseguir con nuestras vidas.

Empiezo a estar mosqueado. Si hiciera una colección de los casos como el relatado con que cuento en mi haber, a Dios pongo por testigo que la media de edad de los conductores implicados en mis historias se establecería en un rango que poco tendría que envidiar el mismísimo Charles Montgomery Burns, ficticio anciano valetudinario donde los haya. Siempre me he preguntado qué mueve a un señor (nunca me he encontrado en un caso similar con una fémina) que tiene todos los años y quizá cumpla pocos más a comprarse un coche que idealmente está pensado para un jovenzuelo que no puede permitirse comprar semejante lujo sobre ruedas. ¡Anda! ¿Será esa la clave?

Particularmente, en mi última renovación del Permiso de Conducción que llevo en la cartera, apenas si me sometieron a un par de pruebas médicas, una de las cuales no superé por estar medicándome. Sin embargo, me dieron el aprobado igualmente. Me pregunto qué ocurrirá cuando me presente con 75 años, no me aguante los pedos y sin embargo me renueven el carnet sin pestañear. Quizá lo devuelva, por una cuestión de principios. Y si no es así, me comprometo a no conducir vehículos que desarrollen una potencia que no sea capaz de controlar.

 

1 comentarios:

Hay mucho loco en la carretera! y de todas las edades!!! Por eso odio conducir. Bendito tu abuelo que superó una vida siendo profesional del volante.
Un beso.



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
Un intento de blog mantenido por Josep Camós
IBSN 0-000-1010-00


Website Powered by Blogger Trackback by HaloScan.com Creative Commons License Caja negra Valid XHTML 1.0 Transitional