El vuelo de la avutarda

 

8.9.05

Dos velas negras

Si algún día paso el mal trago de permanecer durante demasiado tiempo sin trabajo y llego por este motivo a la desesperación, creo que ya tengo una solución más o menos esbozada para poder salir adelante. Hoy en día, que los semáforos ya no son sólo el tunel de ¿lavado? de siempre, sino que se han convertido en un drugstore donde se puede adquirir desde pañuelos de papel hasta gamuzas para el polvo, encendedores y ambientadores; hoy en día, que los malabaristas amenizan el escaso tiempo que los semáforos permanecen en rojo, yo ya tengo mi propio proyecto: si me falla el sustento, me montaré en algún concurrido semáforo un chiringuito de lectura de cartas.

¿Pero es que a fecha de hoy todavía necesitamos personas que lean la correspondencia a otras, como en siglos pasados cuando el raro era el alfabetizado? Espero que no. Me refiero a la lectura de las cartas del tarot, a tirar las cartas, como se suele decir, porque no cabe duda de que estoy tocado por el don de la clarividencia. Anteayer hablaba en Historias para no dormir de lo que podía suceder si la zona donde vivo fuera pasto de graves inclemencias meteorológicas, y entre anoche y esta mañana se han sucedido cerca de casa (pero que muy cerca) fuertes tormentas muy localizadas, acompañadas de cuatro tornados de poca intensidad que han ocasionado varios destrozos y bastante terror. Sin duda alguna, y sin ánimo de parecer catastrofista, está claro que el fin del mundo se halla cerca.

Pasado el susto inicial, me he decidido. Compraré una cadenilla de oro del que cagó el moro y la ornaré con tazos de los que salen en las bolsas de Matutano, debidamente pintados con spray dorado para transformarlos en las típicas medallitas que deben pender de toda frente adivina que se precie. Un pañuelo de mi abuela tocando mi cabeza, del que sobresaldrán unos rizos hechos a base de pelos recogidos en el barbero de mi barrio, y una amplia túnica realizada con la tela de unas cortinas que tengo en casa y a las que se la tengo jurada desde que nos las regalaron el día de la boda completarán mi transformación en el futurólogo del siglo XXI. Si Rappel pudo, yo también.

Se lo he consultado a mi mujer, y extrañamente se ha cerrado la puerta de la calle, al instante. Mientras espero a que ella vuelva por casa, estoy arrancando ya las cortinas. Me paso el día comiendo patatas fritas, cheetos y ganchitos a todas horas, mientras voy pasándole el spray a todos los tazos que saco de las bolsas, que se acumulan a mi alrededor. El joyero del pueblo ya me ha hecho entrega de la cadenilla, que resulta darle tres vueltas a mi perímetro craneal. En la ferretería ya me han dicho que no pueden garantizarme el suministro de más sprays de color oro, y los muy ignorantes me han ofrecido otros de color plata. "Puede alternar ambas tonalidades", me han dicho los muy cenutrios. ¡Qué sabrán ellos de las artes adivinatorias y los sacrificios que de un genio exigen!

Está decidido. Seré futurólogo. Lo veo claro. Lo que no sé es cómo me lo montaré para justificar mis ingresos ante Dios y ante la Historia. Pero seguro que mi don me mostrará el camino. Soy feliz. Por fin, he visto la luz.

He visto la luz

 

2 comentarios:

Lo que yo te decía..... agorero!!!



Anonymous Josep (09/09/2005 20:47) dijo (11/11/05 15:23):  

Sí, agorero pero certero.



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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