El vuelo de la avutarda

 

25.9.05

Cuando el móvil suena, ruido hace

Esta mañana me he levantado aburrido. De hecho una parte de mí ni siquiera se ha levantado al despertar. Arrancándome las legañas, me he lavado y afeitado la mitad de la cara que me tocaba hoy, que yo estoy muy sensible con esto de la sequía, y me he peinado con los dedos, como hago desde que se me rompió el peine pero tenía muy pocas ganas de bajar a comprar uno y descubrí que Llongueras tenía razón: que el mejor peine viene de serie con nuestro cuerpo. Al mirarme en lo que queda del cuarteado espejo que rompí el primer día que me vi reflejado en él, me he dicho para mis adentros... bueno, lo diré para las afueras porque no sé escribir aspirando.

Digo que decía que voy a montar una Asociación de Damnificados, que NO es un grupo de gente acostumbrado a beber cerveza Damm. Lo de damnificados viene por el tema este de la gente que se siente afectada por un problema que les ha caído encima por la cara y no saben qué hacer con él y deciden encalomárselo a la sociedad. Porque, como venía a decir Spencer Tracy en El padre de la novia (Father of the bride, de Vincente Minelli, 1950), uno se quita los problemas de encima cuando los puede pasar a otro. Es una forma, si te lo miras bien.

Mientras me bajo de las ramas, sigo diciendo que voy a montar una Asociación de Damnificados por el uso abusivo del teléfono. Lo estoy viendo: seremos un grupo de personas iluminados, porque los teléfonos de hoy en día tienen más luces que la parada de autos de choque de la feria del pueblo, iremos todos con la oreja roja y el hombro a la virulé. Histéricos por la tensión acumulada a lo largo de eternos minutos de llamadas, moveremos el pulgar de forma frenética como contraseña de hermandad, mientras suenan nuestros politonos a cuál más indefendible.

El teléfono es ese fiel compañero que llevamos encendido siempre, hasta en la playa, y cuando de verdad lo necesitamos porque hemos pinchado en medio de una carretera que no aparece en ningún mapa y se nos ha roto la llave de aflojar las ruedas, es entonces cuando el móvil decide que se ha quedado sin batería, y nos dice hola a la vez que nos dice adiós y nos quedamos con la llave rota en una mano y el teléfono inutilizado en la otra. Por un momento sentimos la tentación de aunar ambos objetos en un gesto profundamente imbécil pero que sirva para distender la situación, y es en ese instante cuando deseamos destrozar el aparatito a golpes de llave tubular. Pero no acertamos ni una sola vez: el teléfono es tan pequeño que escapa a nuestras ansias neoludditas.

El móvil es ese aparato que al comprarlo leemos una primera página de las 45 que tiene el libro de instrucciones y decidimos que con un "Gracias por su elección" ya hemos aprobado la teórica. Total, lo que vale es la práctica, así que nos liamos a toquetear. Y lo primero que hacemos es cambiarle la melodía. Reconoces en cualquier lugar a una persona que se acaba de comprar un móvil porque oyes a lo lejos una especie de megamix de politonos entrecortados, que no para hasta que por fin elegimos la melodía que nos perseguirá por siempre jamás. Entonces suena esa misma musiquilla como unas diez veces y eso quiere decir que finalmente nos ha convencido. La grabamos, miramos el móvil y nos decimos que ha sido una gran idea comprarlo.

El teléfono es un niñato odioso que interrumpe cualquier conversación con ese asqueroso soniquete que en su momento habíamos elegido con gracejo y hoy maldecimos cada vez que comienza a vibrar. Estamos ya hartos, y sobradamente avergonzados, de la musiquita que provoca que todas las miradas se ciernan sobre nosotros. Es ese niñato que interrumpe pero al que atendemos incluso si tenemos a alguien ante nosotros. En ningún otro caso obraríamos así. Nadie nos interrumpe si ve que estamos hablando con otro, y aunque esto sucediera nosotros no cometeríamos la imbecilidad de darle cancha al maleducado. Pero el teléfono es nuestro ojito derecho y con él no sirven las normas convencionales. Más que nada, porque si no lo cogemos no para de dar la tabarra con aquel tono que un día nos pareció gracioso.

Estábamos hablando con un cliente, pero tanto nos da. Ante él nos escudamos en la excusa de que se trata de una conversación importante, que llevamos un rato esperando mantener. Eso es más falso que un billete de 3 euros, pero siempre da el pego. Hasta que, incluso habiéndole dado la espalda a nuestro interlocutor para atender al teléfono, él nos oye, atónito, decir cosas del calibre de "sí, mi amor, claaaaro que sííí, mi vidaaa. Si ya lo sabes, ¿para qué quieres que te lo diga? ¿Cómo? Que nooo, que no molestas, mujeeer. Que sííí, que muuuchooo. Venga, va, que te cuelgo, que estoy trabajando, ¿eh?" y media hora más tarde, tras conseguir cortar la comunicación, nos giramos y vemos que nuestro interlocutor se ha volatilizado hace tres o cuatro tequieros.

La primera venganza de cualquier damnificado por el teléfono móvil consiste en cargarle todas las llamadas al teléfono de la empresa. Todas. Hasta el punto de poder prescindir de la línea propia. Una vez oí que un tío quiso que su empresa le pagara hasta las llamadas que había hecho con su propio móvil, además de las llamadas hechas con el teléfono del trabajo. Y le dieron el número del INEM, que es uno de línea 900, para que no gastara más en aquella empresa. Es que la gente usa el teléfono del trabajo como propio. Da lo mismo que sean llamadas de negocios que una llamada a una floristería para encargar un ramo para tu mujer, que me han dicho que esas cosas se pueden hacer hasta por teléfono. Lo de encargarlas, quiero decir. Lo de las floristerías no sé bien cómo va. Se ve que es un sitio donde puedes comprar flores y hasta pedir que te hagan un ramo con ellas, y que dice que a las chicas les gusta recibirlas de vez en cuando. ¡Hay que ver la de cosas que inventan!

Érase un hombre a un teléfono pegadoAntes de visitar los Cerros de Úbeda, decía que en la venganza del damnificado, el teléfono de empresa va sustituyendo poco a poco al móvil particular. Es como el ordenador del trabajo, que acabamos teniéndolo más personalizado que el bordado de nuestra ropa interior. Claro, como nos pasamos el día en la oficina, pues hacemos como si aquello fuera nuestra casa. Yo tuve una vez una compañera de trabajo, la Castillo, que hasta se hizo unos visillos para el monitor, porque decía que así se sentía más como en casa y que además le servía de antivirus porque así no le entraban cosas raras al ordenador por la pantalla, porque cerraba los visillos cuando ella no estaba y problema solucionado. Hay gente rara por el mundo, sí.

Quizá un día monte una Asociación de Damnificados por el Síndrome del Hogar en el Trabajo. De momento, creo que ya tengo bastante con llevar a la práctica la idea que he tenido esta mañana. Sólo con hacer socios a todos los que salen en el anuncio de Amena que les van gritando los nombres a la oreja a ritmo de gospel, creo que ya tengo la vida solucionada. María, Carlos, Carmen y Fernando: espero vuestras primeras contribuciones. Porque será una asociación sin ánimo de lucro, pero como mi tiempo vale dinero tendré que cobrar cuota a los socios, por mucho que me duela. No sé exactamente a qué nos dedicaremos, pero si nos coordinamos bien, podemos llegar a hacer mucho pero que mucho ruido. Sólo será necesario sacar nuestra artillería: politonos, solitonos y realtonos.

 

3 comentarios:

Anonymous DUE907 (26/09/2005 14:03) dijo (17/11/05 18:52):  

...Oye, Carlos, Oye... Pues la música es pegadiza... El otro día,estaba realizando una extracción de sangre, cuando uno de esos malditos aparatos controladores empezó a sonar sin parar... El usuario/paciente/insensato de turno, no se le ocurrió otra cosa que intentar contestar con el brazo que le estaba pinchando en ese momento,aguja en vena!!! Y eso que aún conservamos en varios recobecos del hospital la típica foto de la enfermera haciendo gesto de silencio! Es que ya no se respeta nada...
Saludillos varios



Pues si que te vas por la ramas..... Sólo una cosa: ODIO EL MÓVIL



Anonymous UCHI (26/09/2005 22:21) dijo (17/11/05 18:54):  

yo ni lo oigo, bueno que solo he pasado a desearte una feliz semana, los bichejos contrados no? jajajaa besossss



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
Un intento de blog mantenido por Josep Camós
IBSN 0-000-1010-00


Website Powered by Blogger Trackback by HaloScan.com Creative Commons License Caja negra Valid XHTML 1.0 Transitional