El vuelo de la avutarda

 

24.8.05

Visto lo visto...

Miraba hoy en la tele un reportaje sobre cómo algunos inventos que aparecen a menudo en las películas pueden (o no) formar parte de nuestra realidad cotidiana en un plazo más o menos cercano. Me quedo con una frase de uno de los entrevistados, que al respecto de la tecnología de videovigilancia, y a modo de resumen, comentaba: "si Andy Warhol hablaba de los quince minutos de celebridad, pronto habrá que hablar de los quince minutos de privacidad". Es decir, cuanto más nos vigilan para proteger nuestras libertades, menos libres nos dejan ser.

Cuando se produjeron los primeros atentados de Londres, entre toda la información que se generó leía yo que hay tal dispositivo de cámaras de seguridad en la ciudad que un londinense puede ser grabado unas 300 veces al día. No sé hasta qué punto el dato es cierto, pero de ser así la cosa suena estre mosqueante y aterradora si uno se aferra a una voluntad de preservar su intimidad, que es lo primero que uno oye o incluso siente cuando se habla de este tema: ¿Que me filman cuando voy al banco? ¿Y qué hacen con mis imágenes una vez se ha comprobado que no soy un ladrón? ¿Seguro que nadie más ve esas grabaciones? Y, el clásico: ¿Eso no supone un abuso sobre mis derechos?

Luego, este interés por mantener a salvo lo privado se contrasta con la realidad y la cosa resulta, como poco, chocante: cada vez nos da menos pudor mostrarnos ante los demás, en lo físico y en lo espiritual; cada vez más hacemos fotos de nosotros mismos haciendo cualquier majadería (bien, no todos, pero casi); cada vez más descubrimos nuestras interioridades a personas a las que sólo conocemos a través de un apodo cibernético; cada vez estamos más dispuestos a acudir a un programa de televisión para que nos reúnan con un familiar que hace catorce años que no vemos: más concretamente desde el entierro de la abuela, que murió de hastío al ver cómo la familia se desgajaba.

Me da la impresión de que se trata de un debate a la gallega: la cosa depende. Quizá en realidad nos importa un pito que nos graben o no; lo que nos fastidia es que no nos lo consulten. Y, a los feos, que nos estén sacando demasiado feos y no nos dejen ni siquiera dar el visto bueno a las imágenes. Y yo con estos pelos...

Sentirse observado

 

El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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