El vuelo de la avutarda

 

21.8.05

Viaje con nosotros si quiere gozar

España sigue siendo una potencia mundial en materia de turismo. Y, por lo visto, un 30% de las visitas que registra nuestro país por estas fechas tienen por destino mi tierra, y la ciudad de Barcelona es en sí una visita habitual. Se detecta una sensible caída del turismo de origen británico y holandés en favor de los visitantes procedentes de Francia, que acuden cada vez menos en autocares de viajes organizados milimétricamente, y utilizan sus propios vehículos para desplazarse a sus destinos de vacaciones.

Me asaltan las dudas, y apenas acierto a ordenar mis pensamientos para que mi discurso tenga algo más de lógica que las chocantes situaciones que pueden generarse a corto plazo en nuestro país, y concretamente en el lugar donde vivo, que lógicamente es el que mejor conozco. Porque nos enfrentamos a un panorama algo desalentador. Vayamos por partes...

El Ayuntamiento de Barcelona, en su extraña creencia de que la ciudad debe ser organizada para que el peatón campe por donde le venga en gana, mantiene y acrecenta día a día su particular cruzada contra el vehículo privado, como si existiera un plan alternativo de transporte eficaz como sucede en otras ciudades europeas y como si la ciudad, con sus 100 km2 y su desnivel medio del 5%, fuera abordable a pie. El resultado es que tenemos como visión habitual de pleno agosto la grúa municipal arrastrando unos cuantos automóviles de matrícula foránea. Imagino al turista creyendo que su vehículo ha sido robado, sin entender ni jota de lo que significa ese triángulo adhesivo que alguien ha dejado mal pegado en el lugar donde él aparcó sin saber que una señal rarísima y en absoluto normalizada estaba indicando que aquella calle debía mantenerse libre de coches para que se celebrase, pongo por caso, una cabalgata con Carlinhos Brown, que es la salsa de todos los platos.

Las autoridades competentes en materia de turismo no contemplan, ni por asomo, que la señalización de la ciudad debe adaptarse al visitante ocasional, de modo que cuando me pongo en la piel de un turista se me ponen los pelos de punta al imaginarme perdido y sin más referencias geográficas que las de los ríos que delimitan la ciudad y, en general, unas señales que dicen muy poco a aquel que no conoce el entorno. Otro ejemplo: recuerdo una campaña de un periódico en que se instaba a la población a enviar unas papeletas con no sé qué fin, seguramente altruista y maravilloso. El caso es que la recogida de cupones se realizaba en unos buzones especiales que se dispusieron por la ciudad, indicando su finalidad en eslóganes redactados en catalán y castellano. Bien, pues los turistas de turno los llenaron de postales dirigidas a sus familiares diciéndoles aquello de "Estuve en Barcelona y me acordé de ti". Si alguno de ellos se enteró del error, debió de acordarse (también) de la madre que parió al que tuvo la feliz idea de instalar los falsos buzones.

Los ciudadanos en general, y especialmente aquellos que viven del turismo, parecen ignorar que existen otros idiomas además de los propios de la zona. El inglés y el francés es aquello que se les intentó enseñar cuando los muchachos tenían otras preocupaciones en que pensar, como las bragas de la compañera de clase o los granos de acné de la cara. Nadie se preocupó en aquel entonces (ni ahora tampoco) de potenciar la enseñanza de unos idiomas que pueden beneficiar económicamente al país. Difícilmente se encuentra un camarero o un taxista que sepa defenderse en lenguas ajenas a la ciudad. Bien, a menudo resulta difícil incluso que hablen las dos lenguas de la ciudad, pero ese es otro tema. Un tema con el que, por cierto, no cuentan nuestros fugaces visitantes, y que en alguna ocasión los descoloca, aunque generalmente la cosa no va a más. Como suele pasar, esta es una cuestión que se entiende peor dentro de nuestra misma tierra que fuera de ella.

Como si todo esto fuera poca cosa, tenemos el asunto del clima. Cualquiera que no viva aquí dirá que en verano, por lógica, debe de hacer sol y calor como para pasarse el día en la playa. Al menos, eso garantizan los tour-operadores en origen. Pues va a ser que no. Desde siempre son antológicas las tormentas veraniegas en toda la zona mediterránea. Intuyo que con el tan cacareado cambio climático la cosa se está haciendo más evidente, de modo que hace mejor tiempo en septiembre que en agosto. Pero, claro, el grueso del turismo sigue llegando en el octavo mes del año, en busca de sol y playa.

Ya veremos qué ocurre si tras unos años siguen encontrando nubes y chaparrones. Quizá descienda el volumen de visitantes y su potencial económico, porque nadie pagaría fortunas por viajar a una lejana playa anegada por lluvias torrenciales y granizo en plena temporada alta. Por otra parte, si desciende el volumen de visitantes, quizá descienda el volumen de personal dedicado al turismo. Sería una oportunidad para que quien se dedicara a este sector lo hiciera plenamente consciente de cómo ejercer su profesión, ya que por lo que leo en algunos cuadernos de viaje que se pueden encontrar en la red, los turistas califican de "no muy bueno" el servicio recibido durante su estancia por nuestros lares.

Paradojas de la vida: cuando tengamos un sector plenamente capaz de atender a los veraneantes más exigentes, nos encontraremos únicamente con un trasnochado "olé torero siesta y sangría" barbotado por un borracho visitante rojizo caído de espaldas en medio de una playa repleta de aparthoteles de tres al cuarto. No creo que España se merezca algo así. Es sólo una impresión...

Imagen utilizada en internet para promocionar el alojamiento cerca de la ciudad

 

El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
Un intento de blog mantenido por Josep Camós
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