El vuelo de la avutarda

 

7.8.05

Una noche en la ópera

Siempre me ha llamado la atención el doble rasero por que se mide a los asistentes a un acontecimiento cultural. Semanas atrás asistimos personalmente a la emisión de un programa especial de TV3 en calidad de público según lo convenido por teléfono con la cadena de televisión. A la práctica, nuestro papel consistió en hacer de bulto para completar una sala con un aforo total de 894 personas de las cuales la gran mayoría se componía de la plantilla del programa, familiares y allegados.

En consonancia se montaron dos tipos de catering: uno para el staff (con canapés y cava) y otro para el público de relleno (con bocatas revenidos y cocacolas calientes). Y servidos en salas separadas. Me parece relativamente bien que, llegado un punto, se monte un programa especial con la asistencia de cada uno de los trabajadores de la cadena; y si quieren, que se lleven a su prima la calva a beber copas y copas con el presupuesto que les da la Generalitat. Pero que no lo vendan como un especial con una gran afluencia de público, porque no fue tal cosa.

Esto venía a cuento de otro evento al que asistimos el jueves. En este caso, se trataba del Festival Castell de Peralada. No es la primera vez que vamos allí, pero dudo que repitamos. En pocas palabras, se trataba de ver La Traviatta, ya que en su momento no pudimos ver la obra en el Liceu por problemas de agenda.

El mosqueo comienza cuando llegas al jardín del castillo y observas que no es factible ponerte nada entre pecho y espalda. Aunque no tengamos mucha hambre algo comeríamos. Pensamos en unas patatillas con algo de beber. En la cervecería, ocho sillas rodean cada mesa. En cada mesa hay al menos una persona guardando sitio. Deben de haber madrugado para tomar por asalto el lugar, porque este año nosotros llegamos pronto: nos hemos alojado en el mismo hotel que organiza el festival y hemos llegado al recinto con tiempo de sobra.

Nos acercamos a la carpa restaurante para ver que existe un buffet libre con mesas ocupadas por 37 euros más IVA. Como pica-pica lo encontramos caro, la verdad. Mis ojos se posan en un político sobradamente conocido que entra en el restaurante por la puerta señalizada para "sponsors y relaciones públicas" rodeado de toda una comitiva. Pienso que él no tendrá problema alguno en encontrar mesa, en ser servido a la carta, en esperar sentado cómodamente hasta que sea la hora de atravesar la puerta para acceder a la platea del teatro provisional que se alza cada año en los jardines del castillo. Quizá pase por una puerta diferente...

Entrada VIP

Allí, nosotros, que habremos pagado 50 euros por persona, veremos la obra como buenamente podamos, interceptando el bel canto entre los silbidos de la tramontana que atraviesa los árboles contiguos al recinto, congelados en pleno agosto por el viento que soplará incesantemente durante todo el tiempo que dure la representación. Pienso en lo bien que lo estarán pasando los "sponsors y relaciones públicas", a los que seguramente les han pagado la entrada y la cena sus respectivas empresas.

Y entonces pienso en cómo circulan las invitaciones por las empresas, desde que llegan por correo a la recepción hasta que acaban en el despacho de quien está escrito que deben acabar. Y llego a la consabida conclusión de que nadie con relevante poder adquisitivo acaba pagando nada, y es el más común de los mortales el que al final sufraga los lujos ajenos que disfrutan aquellos que se desplazan a velocidades ilegales con vehículos automáticos de potencia desmesurada y dimensiones freudianas.

Esto me traslada a los tiempos en que yo trabajaba en una empresa que facturaba lo suficiente como para que todos los proveedores enviaran abundantes regalos por Navidad. No pasaban de recepción. Cualquier bolígrafo, cualquier euro-conversor, cualquier botella de vino dirigida expresamente a los trabajadores de la empresa, con nombres, apellidos y sección, quedaban absorbidos por un extraño agujero negro que se gestaba en la puerta del despacho presidencial de la Casa.

Sí, mejor que no vuelva por Peralada. Me hace pensar demasiado. Además, la prima donna, Ga-Seul Son, desafinaba. Insólito pero cierto: esa noche la soprano no hubiera pasado ni una gala de Operación Triunfo. Eso sí, la gente aplaudía a rabiar. Cuestiones culturales. Hoy en día cualquier representación acaba en vítores y alabanzas. Como solía decir Guillermo Fésser en Gomaespuma cuando le interrumpían los aplausos en el estudio de radio, la gente lo aplaude todo, como si esto fuera un programa de televisión.

 

El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
Un intento de blog mantenido por Josep Camós
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