El vuelo de la avutarda

 

4.8.05

Sed de Chronos en la 'Costa de los Mosquitos'

Cada año se repiten señales que nos sitúan en el calendario. ¿Calles con caras largas que se rutinizan tras las vacaciones y noches que llegan a las cinco de la tarde? Se llama otoño. ¿El Corte Inglés ilumina sus grises fachadas como si hubieran dejado sueltos a 51 chinos locos armados con un andamio y 200 sacos de bombillas? Eso es que se acerca Navidad, a inicios del invierno. ¿Personas ataviadas con shorts y abrigos de piel? Es primavera: por la mañana te congelas y a mediodía te asas. ¿Los supervivientes al cambio climático ven cómo al poco tiempo la gente pasea sin apenas ropa por la calle, y hace un calor que invita al recogimiento en algún lugar con aire acondicionado mientras suena de fondo una música machacona? Sin duda, ha llegado el verano.

Es a la vez la época más ansiada y la más detestada. Desde nuestra posición en pleno invierno, todos deseamos llegar a ese tiempo en que podemos ir a la playa o a la piscina (como si en invierno las quitaran de ahí), olvidarnos por unos días de la rutina laboral y dedicarnos a no hacer nada. A los cuatro días de no hacer nada nos damos cuenta de que la cosa no compensa. Tras siete días seguidos de sudar la gota gorda, hartos de hacer caravana por todas partes cuando se supone que no debería haber nadie en ningún sitio si todo el mundo está de vacaciones, nos damos cuenta de que efectivamente todo "tu" mundo está de vacaciones: han cerrado "tu" quiosco, "tu" panadería y "tu" supermercado. Te han destrozado la vida. Bienvenido al mes de la provisionalidad, en que nada funciona y todos se responde con un "esto, hasta septiembre, nada".

Cuando vuelves de comprar el periódico a un señor que no te ha guardado la revista de cada semana, el pan resulta ser una porquería y aquella señora te ha colocado una carne de un color sospechoso, pones la tele y te dicen que van chorrocientas hectáreas de bosque quemadas, doscientos muertos en la carretera y que la sequía persiste. Te desplomas en el sofá, enciendes el aire acondicionado a poca potencia, que ya te han dicho por la tele que debes vigilar estos días con el consumo eléctrico, y observas cómo unos niños del Club Megatrix muy peripuestos te dicen que al tanto con el agua que gastas en la ducha, mientras se mecen alrededor de una enorme y repleta piscina desmontable, de uso particular, que incita a comprarse una para tenerla en casa.

"Consejos vendo que para mí no tengo". Por cuestiones de trabajo, pasé varios meses alojado en un hotel de una zona de España de las que hoy en día sufre sequía. Pasé por unas doce habitaciones del establecimiento. En ninguna de ellas pude afeitarme como lo hago en casa, dejando un poco de agua en la pica del lavabo con el desagüe tapado, como si fuera una palangana. Todos los tapones perdían. De hecho, alguna cisterna tomaba agua sin cesar. Pese a mis avisos en la recepción del hotel, nunca observé mejora alguna.

En esa misma zona, de la cual soy descendiente por parte materna, años atrás existía un tipo de agricultura adecuada a la climatología del lugar. Algún avispado tuvo la idea de plantar cultivos que precisaban más agua, por puro caciquismo consiguió sus pretensiones y ocurrió lo mismo que en Australia cuando un simpático granjero decidió introducir tres parejas de conejos: al no existir un eslabón en la cadena trófica que acabara naturalmente con el lagomorfo, aquel dulce animal se transformó en tres años en una plaga de 14 millones de individuos para el país oceánico. En la zona de la que hablo, lógicamente la mayor demanda de agua acrecentó la sequía, lo cual ayudó a la propagación de incendios que desertizaron el entorno, haciéndolo menos proclive a las precipitaciones y por tanto ayudando a la consolidación de la sequía.

A pesar de todo, me da la risa tonta (qué remedio) cuando caso las protestas por la falta de agua con el hecho de que más de uno llena sus bolsillos explotando (literalmente) las reservas hídricas. El caciquismo sigue afincado ahí, y los señoritos de antaño regentan hoy campos de golf y extensiones inmensas de frutales donde antes había olivos, a la vez que cierran un poco más el grifo para que los que pasan sed tengan razones para salir a la calle protestando porque no hay derecho. Los que gritan tienen razón: no hay derecho.

Olivo

 

1 comentarios:

Anonymous Adrián (04/08/2005 02:10) dijo (10/11/05 20:13):  

Hola de nuevo, lo prometido es deuda, o eso dicen... Tu blog si que refresca a más de uno, y sin gastar una sola gota de agua. Gracias por el comentario, tu opinion ya la voy oyendo de mas personas desde hace un tiempo hasta ahora, y no irán todos en direccion contraria en la autopista no? xDD Intentaré darle algo más de vidilla a mi blog, y marcho, que me he dejado el grifo abierto! Saludos mu secos, Adrián (aunque aquí de sequía ni flowers...)



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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