El vuelo de la avutarda

 

18.8.05

De gira por tierras navarras...

No viene mal, de vez en cuando, recurrir al cuaderno de viajes para buscar la inspiración. El lunes partía hacia Pamplona y el martes al atardecer ya estaba de nuevo en Barcelona. Como el viaje no fue relámpago sino exhalación, me vi obligado a renunciar a muchos placeres que seguramente podré degustar en otra ocasión. Sin embargo, no quise pasar por alto el sano ejercicio de caer en el mortal pecado de la gula, hallándome como estaba en tierras de muy alta cualificación culinaria. Mis glándulas salivares no me lo habrían perdonado en la vida.

Di buena cuenta, pues, de todo cuanto el cuerpo me pidió en el cruce entre Mercaderes y Estafeta de la capital navarra. Fue de mi gusto todo lo que comí, que resultó bueno y abundante, correspondiendo a mis expectativas. Únicamente me sorprendió el sabor de la sidra que me sirvieron, pues la esperaba menos áspera, pero entró bien a apagar mi sed. Un postre más tarde, salía del local, reparaba entonces en los papeles colgados en la puerta y me disponía a pasear por el casco viejo de la ciudad, esperando que mi estómago recuperara su forma habitual para dejarme adoptar una posición sedente en el coche, ya que no sé conducir de pie.

Bar-Restaurante 'Iruñazarra', en Pamplona

Mientras caminaba, pensaba en los carteles que había leído en la puerta del restaurante, relativos a personas privadas de sus derechos por profesar unas ideas defendidas con las armas. Pensaba también en todas las personas que se han visto privadas del derecho a la vida por el hecho de vivir. Rememoraba cuantos reportajes he visto y leído al respecto. Mala cosa, la violencia. Venga de donde venga. Sea para quien sea. No es resolutiva y se retroalimenta. La sangre no se limpia con sangre. La violencia no se frena con violencia. Mala cosa, la violencia.

Y en esas disquisiciones me perdía yo mientras mi cuerpo, mucho más inteligente que mi mente, se solazaba con los manjares ingeridos y llegaba a la sola conclusión de que la vida es en realidad mucho más sencilla que lo que mi cerebro puede llegar a imaginar. A menudo mi cabeza se empecina en llevar a mi cuerpo por unos derroteros que no son naturales. La Naturaleza, a la que algunas culturas de nuestra piel de toro parecen todavía tan arraigadas, es sabia. Sólo hay que escucharla y obrar en consecuencia. Basta con proponérselo... y cumplirlo.

 

1 comentarios:

Anonymous Adrián (19/08/2005 01:04) dijo (10/11/05 20:31):  

Pues es verdad... Yo seguiría a la naturaleza al 100%, tal que así: Se come uno las cosas como le vengan Las digiere, mal que le pese y por más que le cueste Y luego todo aquello bueno de la experiencia pasa a la sangre, mientras que todo lo deshechable se va por el retrete, que no nos aporta nada.... Y por cierto, no hagas esos viajes relámpago que no sientan bien al cuerpo y luego no puedes evacuar ni tus males ni lo que has comido xDD



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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