El vuelo de la avutarda

 

2.8.05

Basado en un hecho real

Vamos a llamarlos Ana y David. Pongamos que llegaron desde Bolivia para buscarse la vida. Los conocimos hace casi un año, cuando buscábamos una canguro para la niña que pudiera echar una mano en la limpieza de la casa. Ana resultó tener buena mano para la niña, y en lo relativo a la limpieza, aunque no resultaba de nuestro total agrado, decidimos contar con su trabajo porque nosotros no podíamos con todo. Ya se sabe que uno de los males de nuestros días es la conjugación de la vida laboral con la doméstica, aunque no todo el mundo se dé por enterado. David nos echó un cable un día que necesitábamos una ayuda extra en la casa para mover unos trastos. Resultaron ser buena gente.

Hace unos meses lograron regularizar su situación en España. Movidos quizá por la satisfacción de haber conseguido sus papeles, y sin duda empujados por la necesidad de prosperar, decidieron cambiar de casa. Vivían en un piso de alquiler situado en la carretera que cruza el pueblo, ruidoso por tanto, y ciertamente pequeño y triste. Buscaron por tanto otra vivienda en la que seguir adelante. Acudieron a una agencia inmobiliaria que les trató de primera y les encontró un piso a la salida del pueblo. Tras pagar una fianza de 4.500 euros y firmar la preceptiva documentación con la chica que ocupaba el inmueble, llegó la fecha del traslado, que no pudieron realizar como estaba previsto.

El novio de la chica que había firmado los papeles se echó atrás. La pareja se peleó y, pese a que la casa estaba alquilada a nombre de ella, él se atrincheró en el piso negándose a salir de allí. Para más INRI, el juez le dio la razón al chico. Al parecer, a la pseudo-suegra del muchacho se le fue la mano con su pseudo-yerno y este denunció la bofetada como un caso de violencia doméstica. De la noche al día, Ana y David se vieron estafados y en la calle. Acudieron a la agencia inmobiliaria, como hubiésemos hecho cualquiera de nosotros, y para su sorpresa continuaron encontrando un trato exquisito. El agente inmobiliario se comprometió a buscarles otra vivienda, a hacerse cargo de sus muebles e incluso a pagarles un hotel o una pensión mientras no se resolviera el asunto. Los animó a buscar por otros canales, e incluso se ofreció para avalarles en el caso de que alguien les pusiera pegas por el hecho de ser extranjeros.

Ha pasado una semana desde que se les cayó el mundo encima. Acaban de trasladarse a otro piso, mejor situado que el que habían encontrado inicialmente. Estarán prácticamente en el centro del pueblo, frente a la policía municipal, al lado del colegio, a una calle de la farmacia. Nuevamente, de la noche al día su planteamiento de la vida ha girado 180 grados. Quizá mi mayor satisfacción en estos momentos consiste en poder escribir una historia así. Últimamente noto que estamos faltos de finales felices. Una necesidad vital, como otra cualquiera, de sonreír de vez en cuando y saber que no todo acaba como el rosario de la aurora. ¿Un oasis? Seguramente, pero al menos sirve de refresco en medio del desierto.

Niño boliviano, por Patricio Crooker

 

1 comentarios:

Anonymous Tiffani (02/08/2005 10:25) dijo (10/11/05 20:10):  

Si que es cierto que estamos necesitados de finales felices, pero más triste todavía es, que estemos necesitamos incluso de sonrisas, que son gratuitas. Un besote cielo!!! Tiffani



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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