El vuelo de la avutarda

 

17.7.05

Små bevis på kärlek

Tenemos un problema. Al menos, lo tenemos en Asturias, Barcelona, Bizkaia, Canarias, Madrid, Mallorca, Sevilla y Tenerife. Se llama IKEA. En principio Ikea es una cadena de inmensas tiendas de muebles y complementos para el hogar, de raíces suecas y puntas distribuidas por todo el mundo. Yo no sé si en sus tiendas de Dresden, Wroclaw o Philadelphia, por poner algunos ejemplos, estos almacenes tienen el componente que les he visto yo en España. Pero si es así, sin querer ser alarmista, diría que nuestra civilización tal como la conocemos tiene los días contados.

Ir a Ikea en pareja es algo semejante a plantearse la posibilidad de tener un hijo. Si no estáis seguros de vuestro amor incondicional, mejor no tentéis vuestra suerte. Nada más entrar se da la primera discusión. Manoli le dice a Fran que se cuelgue una bolsa amarilla donde colocar las cosas que irán adquiriendo en su periplo por la tienda. Él, desde su óptica masculina, le dice que para qué necesitan esa enorme e incomodísima bolsa si únicamente han ido a echar un vistazo. Obviamente, Fran no quiere colgarse la bolsa porque le hace sentirse ridículo. De repente, pasa una pareja de altísimos daneses ataviados con ropa de tonos terrosos y crudos, y calzados con sandalias de cuero. No se les entiende nada, pero cada uno acarrea felizmente una bolsa amarilla repleta de trastos extrañísimos que sobresalen por todas partes. Fran, a regañadientes, se cuelga el bolsón de marras para evitar oír a Manoli decir aquello de “¿ves cómo esos la llevan?”. En realidad, todos allí dentro llevan la bolsa colgada al hombro, se ve obligado a admitir.

Una vez superado el primer trance, viene el siguiente. Fran se entretiene mirando una especie de espiral de plástico que pende del techo y que Ikea ha bautizado con un nombre impronunciable. Mientras, Manoli ha seguido caminando, observando cada rincón de los muchos sets que componen la tienda. No pasará mucho tiempo antes de que ambos se den cuenta de que se han perdido la pista el uno al otro. Es sábado y la tienda está a reventar de gente. De pronto, suena por megafonía una voz de chica que avisa a los padres del niño Pedro Manuel García Expósito para que vayan a buscarlo a la ludoteca de la tienda. En ese instante, Manoli y Fran dan un respingo: están solos en medio de un mar de gente. De repente, casi por azar, Fran vislumbra el jersey de Manoli y se intenta abrir paso entre la multitud, pero le es difícil porque la bolsa amarilla ya contiene esa extraña espiral que ha resultado ser una lámpara de techo.

Pasado el susto, deciden ir de la mano para no perderse de nuevo. Manoli se enamora de cada detalle a la venta y le da codazos a Fran: “Mira, esto nos quedaría bien en la habitación, ¿no?” Y Fran, que ya no puede ni respirar con la bolsa repleta ya de cachivaches, asiente por no discutir. ¿Cómo van a comprar una butaca ovoide de plástico rojo que parece sacada de una película de Richard Lester, si en su día decidieron montarse una habitación de estilo provenzal? Fran sigue caminando, arrastrando los pies, maldiciendo el momento en que escuchó por la tele el slogan “No busques, encuentra” y le pareció ocurrente. Manoli se ha encaprichado ahora de un armario cuya puerta es una cortina de ducha. Atónito, Fran le pregunta cómo piensa hacer encajar ese trasto en la habitación. Ella decide entonces que quizá haya llegado el momento de cambiar aquella cama tan rústica por una algo más moderno.

Contracturado, Fran se arrastra hasta la línea de cajas y observa que la pesadilla no ha terminado: ante él hay trece personas (o grupos) en cola. Y eso es así, sea cual sea la caja que escoja de entre las 20 abiertas. Para colmo, ve que Ikea tiene a la venta su horrible bolsón, aunque en color azul. Delante de él, una pareja discute sobre si conviene comprarlo. El chico dice que sí porque de este modo evitan el uso del papel y el medio ambiente lo agradecerá. Ella dice que todo eso son tonterías, y que ya pondrán la compra suelta en el coche que les ha dejado su padre. Mientras, Manoli ve que a su derecha la cola avanza algo más rápidamente, y le hace un gesto a Fran para que se cambien, pero él no se entera de nada. Está embebido mirando de arriba abajo a una chica que discute con su novio por una bolsa azul de Ikea. Llega un señor calvo con bigote rodeado de tres niños gritones y les quita el sitio de la cola más rápida. Los niños siguen llamando a gritos a su madre, que no aparece. Afortunadamente, Fran y Manoli no tienen hijos.

En Estados Unidos, este tipo de problemas los han resuelto de un plumazo: compran en Ikea por teléfono, guiándose por lo que ven en el catálogo. Todo sea por mantener unida la familia y, sobre todo, por no mover el culo del sofá, que ya se sabe el amor que profesan los estadounidenses por el deporte fuera del gimnasio. Y en Ikea otra cosa no se hará, pero caminar está asegurado. La misma estructura de las tiendas, laberíntica, está concebida para que la visita dure más de una hora, haciendo que el comprador pase por todas y cada una de las secciones en que se divide el negocio. Incluso al final de la excursión, hay una paradita con bebidas y hot-dogs, para reponer fuerzas. Sin embargo, les falta visión del negocio a estos suecos: se echan en falta una cabina de masaje podal, para reponerse físicamente, y una tienda donde vendan camisetas con la inscripción “Mi relación de pareja sobrevivió a un sábado en Ikea”.

Ikea es la esencia del marketing. Logran crear necesidades que una persona normal jamás se habría planteado. Mi vida ya no es la misma desde que tengo en casa un tenedor para trinchar modelo Grunka, aunque después de comprarlo he tenido que aprender a hacer pavo al horno para poder amortizarlo. Pero claro, hacer pavo al horno requiere tener invitados a cenar, por lo que he tenido que cambiar la vieja mesa del comedor por una práctica mesa Bjursta, que por supuesto ha requerido seis estupendas sillas Roger. Ya puestos, he cambiado mi vetusto buffet por una colección de estanterías Lack en color roble, y he desechado el destartalado sofá para incorporar un modernísimo Beddinge Populär, que de momento me tiene la espalda reventada, aunque supongo que todo es cuestión de acostumbrarse. Creo que he hecho una buena compra porque, total, el tenedor para trinchar sólo me costó 2,50 euros.

Bueno, lo dejo aquí, que tengo que ir a ver si encuentro algún molinillo para especias Aktion, porque un pavo al horno sin especias recién molidas ni es pavo ni es nada. Intuyo que volveré a casa con el maletero lleno hasta los topes.

Familia feliz antes de entrar a Ikea

 

2 comentarios:

Anonymous Javi (17/07/2005 17:56) dijo (10/11/05 17:54):  

Muerte a IKEA que lo único que saben es sacar muebles sicodélicos y de dudosa calidad, y encima te engañan con las medidas, por favor, que estamos en europa, los formatos que tambien sean europeos, que si no, no me coinciden las medidas con los demás muebles, y como comprenderéis no voy a comprar todos los muebles en el ikea de las narices... ...y encima no veas el atasco que han organizado por no hacer la entrada al centro comercial en el aljarafe, si es que me pone hasta de mala leche cada vez que hay retenciones! bueno, saludos desde sevilla, y gracias por dejarme escribir todo esto :P



Anonymous Tiffani (17/07/2005 22:16) dijo (10/11/05 17:55):  

Yo, en representación de todos los transitarios de barcelona, quiero, a más de la escrita que ya está echa, hacer una denuncia aquí y ahora a IKEA, por tener a tantas agencias de transportes y autonomos (incluida la mia) sin pagar. Que está bien trabajar para una gran empresa, pero mejor está, cobrar por un trabajo bien echo.



El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
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