El vuelo de la avutarda

 

24.7.05

Manipula, que algo queda...

"Cuenta la leyenda que el té fue descubierto por primera vez en China por el emperador Shen Nung hace unos 5000 años”. (Leído en un anuncio de Lipton Ice Tea, publicado en un mantel desechable de los restaurantes McDonald’s). Observación procedente: Vaya unas fuentes de información que me busco últimamente para escribir.

Claro, uno lee esto y se imagina al segundo emperador de China (2737-2697 a.C.) ataviado con una bata oriental de color azul cielo y bordados en oro, a juego con sus sandalias, tocado con un lujoso birrete ornado con profusión de brillos, encorvado en medio de su jardincillo, observando de cerca las hierbecillas que cultiva, sonriendo, deleitándose con el delicado perfume que estas emanan y probando las infusiones obtenidas con cada una de ellas. La temperatura ambiental es la idónea para estar allí, y suena de fondo una suave melodía interpretada con un zheng que confiere al espacio un ambiente bucólico.

Pues va a ser que no. Me da a mí que Shen Nung pasó a la Historia como inventor de la agricultura y las hierbas medicinales gracias al esfuerzo de todos sus subordinados, como todo gran jefe que se precie aquí y en Oriente. En el caso que nos ocupa, seguramente fue un pobre chinillo que decidió cortar unas hierbas y ponerlas a hervir para soportar los rigores meteorológicos bajo los cuales estaba condenado a trabajar de por vida a cambio de tener un cubículo donde reposar unas horas hasta que volviera a salir el sol. “Con un poco de fortuna -debía de pensar el improvisado boticario-, estas hierbas me ayudan a abstraerme un rato”. Pero nada: sólo inventó una bebida legendaria. Eso sí, el nombre del artífice no nos ha llegado. Por tanto, fue Shen Nung.

Curiosa materia, la Historia. Aparte de no enseñarnos nada, como cantaba Gordon Matthew Sumner (vamos a llamarle Sting, que es más corto), la Historia es una materia surgida del interés por saber cómo les iba a nuestros ancestros, obtenida a partir de las fuentes que nuestros mismos antepasados tuvieron a bien dejarnos como sus dioses les dieron a entender y plasmada según las tesis, teorías, formulaciones, suposiciones y otros oráculos que los historiadores deciden aplicar como sólidas verdades a las que referirse en un futuro. Como uno ha aprendido a no fiarse de ninguna persona con nariz en la cara, tomo con pinzas lo que nos ha llegado de tiempos tan lejanos.

Porque, haciendo un ejercicio de abstracción, intento colocarme en la piel de un historiador que tenga la desgracia de encontrar nuestro rastro el 24 de julio de 7005 (según nuestra notación), y formulo mis hipótesis de la siguiente manera:

“Una vez estudiados a fondo los restos de un muy bien conservado papiro de aquella época, esto es hace unos 3000 o 4000 años, encontramos que nuestros antecesores en el planeta dominaban la técnica de reproducir los rostros de sus emperadores sobre una pasta de celulosa prensada y plastificada. Es la primera vez que podemos acceder a un documento tan relevante de esa cultura milenaria. El abrupto fin de aquella civilización apenas nos ha dejado algunas máquinas que, suponemos, albergaban información sobre sus tradiciones y leyendas. Sin embargo, el nivel de destrucción de estos aparatos es tal que apenas nos han servido para establecer el tipo de escritura que se utilizaba en aquel entonces. Gracias al análisis de las letras aparecidas en estas máquinas y en otras muchas halladas, hoy en día podemos procesar los textos del papiro hallado.

Estudiando la estructura de los textos que acompañan a las imágenes, nuestro equipo de investigación ha logrado establecer que existió el dominio de una casta liderada por el Conde Alessandro Lecquio, que gobernó durante un periodo indeterminado. A diferencia de lo que ocurre en nuestros días, en aquel entonces la poligamia era un fenómeno extendido, por lo que el dirigente tuvo profusión de parejas reconocidas como tales. El hecho de que muchas imágenes presenten a los emperadores a bordo de embarcaciones hace suponer que las residencias imperiales se construían sobre el mar, motivo por el cual nunca se ha encontrado ningún resto arqueológico de los palacios de aquella época. Sorprende por tanto la existencia de grandes edificios hasta ahora atribuidos a la nobleza, y que a partir de este momento cabe considerar como viviendas de ciudadanos corrientes, a pesar de la extraordinaria extensión de terreno que ocupan.

El papiro estudiado se utilizaba para que nuestros antepasados se saludaran entre sí alzándolo al cruzarse por las pobladas calles de las ciudades. No en vano en este documento aparece la inscripción “¡Hola!” bien visible, en color blanco sobre fondo rojo. De ahí deducimos que existía algún problema para que las personas hablasen normalmente entre sí. Seguramente el aire era extremadamente insalubre, por lo que los humanos de aquel entonces debían proteger sus vías respiratorias a fin de evitar problemas de salud. Ya son conocidos los hallazgos arqueológicos de extraños sombreros que a modo de casco cubrían la cabeza de muchos de nuestros antepasados. Fueron hallados junto a unos vehículos carentes de equilibrio, por lo que siempre se había pensado que su utilidad estaba relacionada con la seguridad. Ahora entendemos que estos sombreros impedían que nuestros ancestros se asfixiaran”.

Me reafirmo: curiosa materia, la Historia.

 

El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
Un intento de blog mantenido por Josep Camós
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