El vuelo de la avutarda

 

10.6.05

Newton era Capricornio

Cuando Isaac Newton estableció que la gravedad era la fuerza de atracción que experimentaban dos cuerpos con masa, y que esta fuerza era directamente proporcional al producto de las masas de cada uno e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separaba, olvidó reseñar que en el caso de que los cuerpos fueran seres humanos cabría introducir un aspecto nuevo, que podríamos denominar el factor de afinidad.

Porque los seres humanos denotan mayor o menor fuerza de atracción, esto es de gravedad, en función de la cantidad de rasgos compatibles que atesoren cada uno de los cuerpos.

Como Newton golpeado por la manzana, que vaya usted a saber si este episodio sucedió realmente o solo se trata de una leyenda para hacer más llevadera la enseñanza de la física entre los adolescentes que tienen cosas más interesantes en que pensar, dando un repaso a los signos zodiacales de mis amistades llegué a una tesis: conservamos la amistad de aquellas personas cuyos signos son compatibles con el nuestro propio e ignoramos a aquellos que no nos llegan por no sernos astrológicamente afines.

Comprendo que esta afirmación cause cierto estupor e incluso mofa, befa y escarnio. Es más, si yo topara con un texto así, abandonaría de inmediato su lectura y me dedicaría a una tarea más fructífera, como el visionado de un reality show en televisión, por ejemplo. Sin embargo, como esa afirmación es mía, mi deber es defenderla y no amilanarme ante los ataques que pueda recibir.

Llegados hasta este párrafo, y dando por descartados a los denostadores menos tenaces, que ya habrán abandonado la lectura de estas líneas, estamos en condiciones de ejemplificar: dando una vuelta a nuestro alrededor nos apercibiremos de que nuestras amistades “de verdad” nacieron en unos rangos de fechas determinados. No se vale poner como ejemplo a nuestros familiares, ya que la familia nos viene impuesta. Estamos hablando de personas por las que sentimos una afinidad natural. O, puestos en el caso contrario, aquellos a quienes hemos ignorado como posibles amigos porque no nos aportaban nada.

Vamos a darle nombre a las cosas. Yo nací bajo el signo de Piscis. Lo siento, pero es así. Y mis amigos son Cáncer, Escorpión y, cómo no, Piscis. ¿Eso quiere decir que no me quiero saber nada con el resto del mundo? En absoluto, no es eso. Pero la prueba de que cuanto digo es cierto consiste en que no conozco a ningún Leo, Sagitario o Libra, pongo por caso. ¿Realmente no conozco a ninguno? Bueno, no lo sé. Supongo que alguno habrá por ahí, pero me ha interesado tan poco que ni siquiera me ha dado por preguntarle por su signo zodiacal. Y ese es precisamente el quid de la cuestión.

Sí, ya sé que esto vienen predicándolo todos los astrólogos del mundo desde hace miles e incluso cientos de años, pero quizá en algunas cosas he salido a Tomás, aquel simpático señor que anticipándose a los guiones de cine gore dijo aquello de “si no veo en sus manos la señal de los clavos ni meto el dedo en el agujero de los clavos, si no meto la mano en su costado, no creeré”. De ahí que haya querido experimentar en propia carne lo que otros teorizan para el público general.

¿Una chorrada? Sin duda, pero posiblemente usted no es Piscis

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El vuelo de la avutarda. Periodismo de andar por casa
Un intento de blog mantenido por Josep Camós
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